viernes, 31 de agosto de 2012

Marbella y el fuego

Tengo familia marbellera. Lo de marbellíes fue un invento chic, de mediados de los 70, buscando un gentilicio más moderno y menos de pueblo. Lo de marbellíes fue, a fin de cuentas, para ir denominando a todos aquellos que iban llegando, poco a poco, a la localidad costasoleña y que se sentían poco identificados con los nativos del pueblo: pescadores, albañiles, gentes de mil oficios.
Me hablaba mi madre, en una ocasión, de la Marbella que fue. La de los sesenta. La de las tasquitas en la Plaza de los Naranjos. El pequeño pueblecito al que se iban acercando, ya por entonces, algunas celebridades buscando aislarse del mundo. De ahí que me venga a la cabeza una frase de Lolita Flores: "No voy a Marbella porque no es la que conocí".
La Marbella que todo el mundo conoce es la de los yates en el puerto, la de los petrodólares -con un tal Osama Bin Laden viviendo noches locas a la orilla del Mediterráneo-, el famoseo más pedante y petardo y Jesús Gil. Bastó que este último y sus adláteres  prometiesen que Ceuta sufriría un cambio como el de Marbella para que, en frío, decidiera que aquello no iba conmigo. Porque aunque ahora nadie parezca haberles votado -serían los avatares, en una  peculiar versión primigenia de la peli de James Cameron-, en Ceuta goberno el G.I.L. Y, se quiera o no, Antonio Sampietro fue alcalde de mi pueblo.
La Marbella de los marbelleros, en la que se crió y fue preso -cosas de la guerra-  mi abuelo, fue bastante más sencilla. Gente que tiene poco, pero sudado; hombres que sellaban tratos con un apretón de manos y que en su fuero interno considerarían de mal gusto aquello del notario.
Nunca me gustó esa Marbella de impresionantes chalets, descapotables y casas de restauración rápidas. Nunca me gustó esa Marbella de modelos, famosos de medio pelo y excentricidades. Porque me hablaron, y yo conocí sus restos, de una Marbella humilde, obrera, familiar.
Marbella ardió en el fuego una y mil veces: el fuego de la corrupción -que ahora se extiende por toda España-, el fuego de haberse convertido en una pequeña Sodoma, el del cobijo de personajes a los que ninguno querríamos por yerno. El fuego del dinero fácil, de la especulación y el desarrollo mal entendido.
Hoy, arden Marbella y sus alrededores. Fisicamente. Municipios como Coín, Ojen o Alhaurín, el hermoso Alhaurín, vuelven a ser portada pero no por las corruptelas o las tetas de tal petarda, sino porque el hombre sigue siendo el ánimal más imbécil del mundo. El único que trabaja para comer, oculta su desnudez o  es capaz de matar a sus hijos y quemar sus montes por una venganza.
Me duele la Costa del Sol, como me han dolido León, el Ampurdá o Valencia este verano. Me duele pensar que, en el fondo, seguimos siendo la España negra: ya no matamos al clan rival en Puerto Hurraco, pero porque nos da la gana o por putear al alcalde quemamos siglos de vegetación.
Dicen que el fuego purifica y que de las cenizas hacia arriba sólo se puede construir. Estoy convencido de que así será. Marbella, la de los marbelleros -madrugón, ducha rápida, cafelito y a currar- lleva décadas demostrándolo.

jueves, 30 de agosto de 2012

De quijotes y periodistas extanjeros

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiso acordarse el manco inmortal, ha mucho tiempo que vivió un hidalgo de los de lanza en astillero. Cuyas andanzas por la febril imaginación de Miguel de Cervantes fueron, y siguen siendo, el mejor de los retratos de esta cosa llamada España, que cultiva la veneración por los perdedores y que encuentra cierto punto romántico en la derrota y la melancolía.
El quijote era un ser, en efecto, ridículo. Poseídas sus entendederas por las lecturas de novelas de caballería, creyó necesario llevar a la práctica las historias de nobleza, lucha por el desfavorecido y entrega hasta el final en virtud de hacer resplandecer unos valores.
Don Quijote, personaje ficticio pero más real de lo que creemos, no dudó en embutirse su ridícula figura entre latas y yelmos, para hacer justicia allá donde fuera preciso. El manchego más universal –si, más que Almodóvar y Andrés Iniesta- no dudaba en socorrer a una dama en apuros, a un trabajador oprimido o en luchar contra los molinos que se tornaban gigantes a la vista de su mente trastocada. O intentarlo.
El quijotismo nació con las páginas de Cervantes. Podríamos definirlo, sin andarnos mucho por las ramas, como el intentarlo aunque no demos ni una, como el ir a arreglar algo y hacer mayor el estropicio. En definitiva: en tener buenas intenciones pero, como dice el chiste del peor futbolista del mundo, meter un gol y fallarlo en la repetición.
En un lugar de Andalucía, llamado Marinaleda, hace sesenta años que nació otro hidalgo que creyó ser Quijote. Y quijotes son quienes crean ver en el a una reencarnación del caballero de la triste figura. Se llama Juan Manuel Sánchez Gordillo.
Afirma ser un defensor de los derechos de los oprimidos contra el más salvaje de los capitalismos. Sería hermoso creerlo, de no ser por sus patéticas invasiones de supermercados o fincas que son propiedad privada. Y la propiedad privada, se quiera o no, es una de las condiciones que diferencian a los países civilizados de la jungla.
En un lugar de Andalucía, llamado Marinaleda, un carnicero tuvo un día la necesidad de cambiar las cosas en su pueblo presentándose por un partido que no fuera el de Sánchez Gordillo. Aquel hombre recibió amenazas e insultos que le llevaron a desistir de su empeño.
Al Quijote manchego se le veía con ternura y piedad por parte de sus semejantes; al paso del de Marinaleda cierran los comercios y aplauden los amigos de ETA. El Quijote que luchaba contra los gigantes o cortejaba a Dulcinea del Toboso pasaba mil penurias por atender a un necesitado; el que predica pan, tierra y trabajo pierde un iphone de unos cuantos euros, y cobra casi seis mil a final de mes. El primero es un ejemplo ficticio, pero cercano y entrañable, de lo que podríamos entender como nobleza de espíritu. Al segundo, en la prensa internacional, lo comparan con el primero. No tienen ni idea. Cervantes se mofó de España con un personaje inventado, que merece por ser parte de nuestra carta de presentación ante el mundo, admiración y respeto. El mismo al que se le falta cuando se le compara con el cuatrero de la Estepa. Y por cierto, que hay para todos: no son gigantes y si aspas del mismo molino. Son banqueros, fondos de inversión y concejalitos de pueblo ávidos de fama y portadas.

martes, 28 de agosto de 2012

Crónica de un escalofrío

Hay veces en las que, conforme se enciende una vela o se reza un padrenuestro, se tiene la sensación de estar haciendo lo único que se puede para evitar algo que se antoja infranqueable. Es lo que ha pasado con los niños Ruth y José, a los que todo el mundo soñaba con ver liberados de su cautiverio pero con la sospecha, triste y al fin cierta, de que hacía meses que ya no estaban entre nosotros.
La crónica del triste final de estos niños es, finalmente, la crónica de un escalofrío. De esos que recorren el cuerpo desde la ceja hasta el tobillo en cuestión de segundos y provocan dolor. La crónica de la impotencia, de pensar en qué tipo de sociedad estamos construyendo y que tipo de animales somos.
José Bretón no es, además, un (presunto) criminal al uso. No. Quiere a la cámara, suscita su atención, le gusta verse y oírse. Esta suerte de Norman Bates o Hannibal Lecter andaluz es, además, maniático de la limpieza -siempre me dieron yuyu estos tipos- y muy, muy inteligente.
La pesadumbre por el hecho de que el final sea el que ninguno queríamos y todos esperábamos no debe evitar, sin embargo, una profunda reflexión. Sobre el papel de los medios de comunicación: sostiene Juan Antonio Carreras "Carris" - http://carris.wordpress.com/ - que la cercanía en el tiempo y el espacio entre los casos de Marta del Castillo y los niños de Las Quemadillas no es casual. Por tanto, habría un efecto llamada propiciado, en parte, por la actuación de los medios de comunicación. ¿En qué momento se rebasa la delgada línea que separa la información del morbo, el servicio al público de la verbena más cutre?. Una duda que, sinceramente, debe atormentarnos y hacer meditar a los que nos dedicamos a esto.
Luego, la actuación policial. ¿Tan pocos preparados están nuestros agentes?. ¿O tan pocos medios tienen?. Pensemos en los hechos: unos agentes policiales no son capaces de acertar con el eureka que, sin embargo, si da un reputado antropólogo pagado por la familia. ¿Estamos asistiendo, de soslayo, a una especie de privatización de la justicia y la seguridad?. De haber recorte de medios: ¿es en las Academias o es sobre el terreno?. Conste que nada hay censurable en la actitud de la familia materna: yo también hubiera llamado a Francisco Etxeberría  o, si fuere preciso, a Benedicto XVI. Pero ¿qué verdad hubiese tenido que soportar una familia con menos recursos económicos?.
Son preguntas, y muchas más, que caben hacerse. El día después del macabro hallazgo es triste, muy triste. Sobre todo, por qué la más importante queda aún por responder: ¿que lleva a un hombre a acabar con lo más puro que existe en este mundo, como es la sonrisa de un niño?. ¿A matar a sus propios hijos?. Como cantaban Los Cucas, el ser humano es raro. A veces, demasiado.

viernes, 24 de agosto de 2012

El Tour de la vida

Nunca tuvo el carisma de Pedro Delgado, Laurent Fignon o Claudio Chiapucci. Nunca transmitió la ternura y cercanía de Fernando Escartín buscando aire de donde no lo había, rezumando coraje mientras languidecía a cada pedalada. No tuvo entre sus compañeros el respeto unánime de un Miguel Induráin que ganaba y dejaba ganar. No. Lance Armstrong era completamente distinto.
No era la elegancia en el pedealeo de los Gianni Bugno, Erik Breukink o Cadel Evans.  Norteamericano, tejano, poco dado a ceremonias, sólo tenía una cosa entre ceja y ceja: ganar, arrasar, avasallar, superarse a si mismo y a la historia cada año. Durante su dictadura (1999-2005), apenas dió síntomas de debilidad. Sólo Ulrrich y Vinokourov  en el Tour de 2003, el mismo en que Joseba Beloki acabó en el suelo cuando se dio cuenta de que para ganar al menos había que intentarlo, le hicieron parecer humano, batible. Pero sólo eso: parecer. Ganó aquel Tour y otros dos más, y certificó sus últimas apariciones con un dignísimo tercer puesto a la sombra de Alberto Contador.
Serio y altivo, tan conocido por su trayectoria en la carretera como por sus amistades/romances con el famoseo hollywodiense -romances con Sherryl Crow, amistad con Matthew McConaghey o Robin Williams-, su historia era demasiado hermosa, demasiado americana como para que Francia se la creyese, llegó a afirmar. Y razón no le faltaba.
Esta madrugada ha tirado la toalla. Afirma que no se defenderá de las acusaciones de dopaje contra el, y que, por tanto, le da igual que le desposean de sus siete Tours. Curiosa historia esta de la normativa ciclista: lo que está prohibido en Italia no lo está en España o Francia, mientras que la UCI ni está ni se le espera. Curiosa historia la de este deporte en que sus practicantes, lejos de tener el amparo de sus dirigentes federativos, tienen que sacarse una muela infectada sin anestesia no sea que de positivo.
Curiosa cara dura la de los dirigentes que claman por un ciclismo limpio, pero no se resisten a hacer etapas kilométricas porque el alcalde de tal pueblo de mala muerte ha pagado una millonada para que se vea la iglesia y su cigüeñal. Curiosas algunas actuaciones judiciales: arruinando la vida al ciclista que, a veces, no sabe que lleva el vinagre con el que se ha rociado su ensalada, mientras los "mengueles" con batas blancas siguen disfrutando de sus ganancias en libertad.
Por supuesto que hay tramposos en el ciclismo, como en toda actividad humana. Faltaría más. Y por supuesto que ha habido ciclistas que sabían lo que hacían en cada momento. Pero el caso de Armstrong es distinto.
Lo es por una duda: si se tenía la certeza de que su tratamiento contra el cáncer le ponía en ventaja con respecto al resto ¿por qué se le dejó competir?. ¿Puede tener algo que ver que Le Gabaché lleva casi tres décadas, y lo que te rondaré morena, sin oler un Tour?.
Da igual que en el suplemento especial de cualquier periódico el día de mañana figure como descalificado. El ha ganado el tour más importante: el de la vida. Un día, en las plantas de oncología de todo el mundo se escucharon aplausos para el hombre que volvió de la muerte. La esperanza, para millones de enfermos, no vestía de verde, sino de amarillo en los Campos Elíseos. Una vez escribí que me subí a su bicicleta en ese momento. Y sigo sin bajarme de ella.
Thank you, champion.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Un plató de 19 km2

A principios de septiembre habrá un tiroteo, a hora punta, en la Plaza de Africa en la que se verán implicados ciudadanos franceses y marroquíes. No se asusten: es lo que trasciende del rodaje de la película franco-hispano-marroquí "Jaque Mate", que convertirá algunos parajes de Ceuta en un plató de rodaje durante unos días.
La trama, por lo que me cuenta su productor Abdelatif Abdeselam "Hwidar", es la de dos amigos cuya amistad comienza en Ceuta y que se reencuentran cuarenta años después en la Ciudad Autónoma. Se que al margen de la Plaza contigua al Ayuntamiento, el restaurante Cala Carlota servirá de decorado de  un par de escenas debido a sus privilegiadas vistas sobre el Puerto de Ceuta y que el Desnarigado también tendrá su "cuota de pantalla".
Ya es hora, pienso, de que Ceuta y el cine se vayan descubriendo. La generosidad de los paisajes, rincones como el faro de la Almina, el Desnarigado, el Parque Marítimo y las Murallas -Reales o Meriníes-  sus atardeceres desde San Antonio con la Mujer Muerta de fondo o la cercanía con Marruecos, se prestan . Nos quiere la cámara, cómo se dice en el argot.
No anda la cosa muy boyante, ni en Ceuta pero en ningún lado. Pero me da que ofrecer la ciudad como un enorme plató, de 19 kilómetros cuadrados, y trabajar en esa dirección puede ser un buen yacimiento tanto de dinero como, por supuesto, de producción. Y no, nos preocupemos por el argumento, por si salimos bien o mal. Apuesto lo que quieran a que, pese a ser la cuna de Michael Phelps o Cass Elliot, jamás el puerto de Baltimore tuvo tantos visitantes como después de que la mejor serie de la historia de la televisión sacara a relucir sus mierdas, vicios y corruptelas.

martes, 21 de agosto de 2012

Verano en Baltimore

Jimmy McNulty es el yerno que ninguno querríamos: borracho, mujeriego, tramposo y conflictivo. Omar Little es todo lo contrario de un gángster despiadado: su cuidada estética con un pañuelo negro, su cicatriz, sus exquisitos modales, su escopeta y su homosexualidad hacen de el uno de los personajes con más encanto de la historia de la televisión. Lester Freamon es el amigo al que todos quisiéramos tener, un cerebro privilegiado, uno de esos hombres que entienden que si cuando tenemos un problema nos ponemos nerviosos, entonces tenemos dos.
Omar Little
                                                       

Mi verano este año no ha tenido hueco para libros. No. Me he recreado disfrutando, asombrándome, saboreando cada matiz, cada escena, cada giro argumental, cada fotograma  de The Wire. Una especie de patio de monipodio en la Estados Unidos profunda y moderna: traficantes, matones, periodistas sin escrúpulos, alcaldes sin más discurso que lo que les devuelve el espejo, niños de la calle y droga, mucha droga. Una serie  de tipos capaces de dispararse al pie porque les gusta el brillo de las chispas, que nos dibuja a policías sin principios y a matones incapaces de disparar  a un ciudadano, de crear una ley para la selva cuyas normas son más sagradas que las de cualquier Constitución.
The Wire es la crónica de un fracaso. De cómo el narcotráfico y sus tentáculos entran por todos lados de nuestras casas. De cómo en ciertos barrios de Occidente hay niños que aprenden a disparar antes que a leer. De cómo en esos mismos barrios la ley no entra, sino que negocia. Y cuando dos negocian, dos ceden. De cómo el cuerpo de un mendigo apenas suscita atención para los medios de comunicación. De cómo estos dan crédito, en muchas ocasiones, a lo primero que se nos ocurre. De como la línea que separa el bien del mal es cada vez más delgada, hasta el punto de que ambos se mezclan hasta confundirse y desaparecer. De cómo los asesinos puden tener cierto sentido de la justicia.
Si no la han visto, la recomiendo encarecidamente. Esta historia de los bajos fondos de Baltimore no se hace pesada, al contrario. Deja perlas como una conversación entre periodistas en la que uno pregunta"¿has entrevistado alguna vez a un asesino en serie?" y el otro responde "Si. Conozco a Dick Cheney".
Si les gusta la intriga, el ritmo trepidante, las historias que crecen o se deshacen por el mínimo detalle, veanla. Y si después de procesar sus cinco temporadas, sus 57 capítulos, les sabe a poco y tienen la sensación de que la historia les es muy conocida, local y cercana, efectivamente. Estamos peor de lo que queremos soportar.

lunes, 20 de agosto de 2012

Benzú

Benzú duerme sobre el mar como un niño recostado sobre su madre. Es, sin duda alguna, uno de los parajes más hermosos de Ceuta, a medio camino entre el Atlántico que golpea las ventanas de las casas y que da la sensación de estar en un crucero cuando uno disfruta de un te en el cafetín con el Peñón vigilante al frente y la montaña, a los pies de García Aldave. Es, además, una barriada de pequeñas y cotidianas historias. Se de niñas musulmanas que pidieron tener un alumbrado extraordinario de Navidad  -en un lugar donde la población cristiana es prácticamente testimonial- o de historias de keftas mezclados con villancicos, de niñas que jugaron sin importarles que, el día de mañana, una se casara por la Iglesia o la otra por el rito coránico. Más allá de estériles, repetitivos y cansinos mensajes de convivencia, estos pequeños detalles humanos demuestran que la mejor manera de fomentar la convivencia consiste, simple y llanamente, en convivir.
Benzú no es el paraíso terrenal. Ha tenido, y tiene,  mil problemas de drogas, exclusión social, tensiones fronterizas o de aislamiento del resto de la ciudad hasta el punto de que ver la televisión autonómica o escuchar algunas emisoras de radio se convierte en un verdadero acto de heroísmo. No es un barrio integrado -físicamente- en la Ciudad Autónoma: le separan los suficientes kilómetros del casco urbano como para tener un alcalde pedáneo, pero tampoco tiene carta municipal. Y, viendo como anda la cosa de los dineros públicos, mejor.
Benzú, sin embargo, alberga en sus entrañas un tesoro de esos con los que la historia bendice a determinados lugares. Gibraltar enfrente, a la izquierda la Mujer Muerta, y en pleno corazón de la barriada, la Cabililla. Donde un concienzudo grupo de estudiosos, comandados por Darío Bernal o José Ramos, se ha empeñado en demostrar que la población de Europa no se hizo por el corredor sirio-palestino, sino por el Estrecho. Por tanto, Benzú no habría visto sólo ahogarse a los hijos de África en sus propias aguas. También buscar, quizá lo mismo pero 300.000 años antes, a los Neardenthales.
El Gobierno de la Ciudad busca reagrupar extensiones universitarios en el extremo opuesto de Ceuta, en el Acuartelamiento del Teniente Ruiz. Porque, al fin y a la postre, el Campus consiste en agrupar edificios diseminados por aquí y por allá. No habría mucho que objetar, pero si alguna cosita. Fuera UNED, fuera Magisterio, fuera la Guardia Civil y ya veremos que ocurre con el Murube en un futuro, Hadú -verdadero medidor de como van las cosas en Ceuta- se va quedando más desnuda cada día.
Benzú podría, por tanto, albergar una Facultad de Arqueología sobre los restos de su devastada cantera que permitiese a los estudiantes cursar la teoría y practicar sobre un Bien de Interés Cultural en cien metros de diferencia. Y si, se que meter a cincuenta o sesenta "indianas" en Benzú de golpe, sería como meter un elefante en una cacharrería. Pero la historia reserva lugar destacado para la audacia. Y las grandes ideas se tienen en un momento, pero a veces tardan años en cuajar.
A la barriada no le vendría mal ambiente universitario, ni en la cartera ni en el espíritu. La Universidad podría ofrecer una facultad sobre un entorno paisajístico y arqueológico de auténtica impresión. Y el que esto escribe lo hace con la amargura de habérselo comentado a miembros de los tres grupos representados en la Asamblea -PP, Caballas y PSOE- y haber tenido la sensación de gritar sobre un desfiladero. Con el eco propio como única respuesta. Con la sensación de que sólo el  temporal Plan de Empleo -¿qué tendrá, Dios mio, qué tendrá?- genera interés en determinados dirigentes políticos.
No soy un experto en nada, y menos en extensión universitaria. Pero me da que no sería mala idea. Mientras, seguiré de vez en cuando, yendo al Cafe Musical para, con un te y junto a sus ventanas construidas sobre un acantilado, quedarme absorto en mis pensamientos. Como la canción de Jorge Sepúlveda, como la Mujer Muerta, como Benzú, mirando al mar...