martes, 18 de septiembre de 2012

Carrillo, Fraga: España

A la hora de elaborar el resumen de 2012, los periodistas e historiadores tendremos la obligación de mencionar, en el capítulo de ausencias, las de dos hombres que han encarnado hasta el último momento las dos Españas. En este siglo han sido derechas e izquierdas, pero siempre nos ha gustado la división: carlistas y liberales, afrancesados y no, moros y cristianos. España es un país de grandes entierros, dijo Pemán. Quizá porque es una nación que lleva el cainismo en el ADN. Recuerdo la frase de un buen amigo y seguidor de este blog: "Desde Isabel la Católica, nadie ha unido tanto a este país como Andrés Iniesta".
Manuel Fraga se fue en enero, ocho meses antes que Santiago Carrillo, que además era ocho años mayor que su íntimo enemigo. Y ambos no son inocentes al juicio de la historia: Carrillo, en efecto, tuvo un papel como mínimo sospechoso en Paracuellos del Jarama. Pero no olvidemos como se llamaba el ministro de la Gobernación cuando Enrique Ruano se caía por los ventanales.
Fraga y Carrillo han representado el mismo papel. El de portavoces de bandos en una guerra fraticida, pero que, en la madurez política y personal consideraron que había que dar marcha atrás. Ambos conocían lo que era la Guerra Civil; por ello ambos sabían que era importante ceder para que, sobre todo, los que viniésemos después pudieramos respirar algo parecido a la libertad y la concordia.
Ambos sabían que agitar banderas al viento podía no sólo mover conciencias, sino también incitar a disparar armas. Pertenecieron a esa suerte de hombres criados en la cultura del odio que al final terminaron por encontrarse, mirarse a los ojos y firmar un pacto entre caballeros. Para cumplirlo, además.

 No fueron sólo ellos. Tarradellas, Tarancón o Gutiérrez Mellado, entre otros, hubieron de hacer grandes sacrificios; renunciar al todo por garantizar una parte. Ese es su legado. El pasaporte de ambos hacia la absolución. Y la lección que cabe extraer de sus palabras, de sus hechos, para los que andamos ahora inmersos en una crisis que sólo Dios sabe donde nos llevará y en una generación que trata de reescribir, absurda y peligrosamente, la historia de la que ellos fueron protagonistas.
Los que creemos en la democracia, en los valores cívicos que hacen de este el sistema menos malo de gobierno, podemos tener tantos motivos para odiar como para venerar a ambos. Yo estoy en medio, ideológicamente, de los dos. Dijo Pedro Ruiz que la izquierda arruina a los pueblos y la derecha los explota. Por tanto, la virtud está en el termino medio. En Voltaire; ("No comparto lo que usted dice, pero daría mi vida por su derecho a decirlo") y en el legado de dos hombres que dejan, si cabe, más huérfana de referentes nuestra democracia. Y dos hombres a los que quiero testimoniar mi respeto, pese a que Ceuta y los ceutíes no merecieran el mismo para ninguno de los dos en aquellos convulsos años 70. Pero esa, es otra historia. La que nos es común, la que nos legaron desde la altura de miras, se llama democracia. Gracias, por todo, y pese a todo.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Mis películas favoritas (II): Bienvenido, Mr. Marshall

Esta serie de artículos NO es un compendio de las mejores películas de la historia del cine; son, con quien las quiera compartir, una serie de reflexiones sobre el modesto gusto de este bloguero. Advierto que pueden incluir elementos de la trama; si alguien no las ha visto, que no siga leyendo.

Los censores son, definitivamente, una especie burda e ignorante. Tal es el caso que durante muchos años en España se vió alterado el guión de Casablanca porque el personaje de Rick había luchado del lado de los republicanos, pero sin embargo se les coló inexplicablemente la mejor crítica, la más ácida sátira del franquismo y sus consecuencias. Condenaron al ostrascismo al bueno de Bonet de San Pedro por interpretar que Rascayú era una alusión al del brazo incorrupto de Santa Teresa, y no supieron oler, ni de lejos, que la más magistral de las cintas jamás rodadas en España -y una de las más grandes de toda la filmografía mundial- era un alegato contra el aislacionismo, un escaparate mordaz y ridículo de un país con suficientes traumas para sonreir aún en aquellos cincuenta.
Dwight Eisenhower fue un hombre con una especial sensibilidad hacia nuestro país. Antes de que Bill Clinton bailase la Macarena, ya eligió como sintonía de campaña El Relicario, en un hábil guiño hacia un voto hispano cada vez más influyente. Mientras, en El Pardo suspiraban porque el Plan Marshall llegase a España. Los americanos, guapos y sanos, traerían el dinero que no había merced al fraticidio de finales de los 30. Y en esas, Francisco Franco ya no era el malvado dictador al que muchos norteamericanos habían combatido como brigadistas internacionales. Era un elemento clave para frenar el comunismo. Y en esas, Ike llegó a Madrid.
Cuentan que en su paseo por Madrid, al margen de carteles como "I Like Ike", el general que lideró el desembarco en Normandía fijó su atención en un cartel: "Bienvenido, Mr. Marshall". Cuentan que mostró su enfado porque aún no se había decidido que tal acción llegase a España. Y cuentan que al presidente le contaron que era cosa de unos muchachitos que hacían cine.
 
Unos muchachitos, comandados por Luis García Berlanga, que presentaron a España como una aldea de catetos, tan ignorantes como tiernos e ilusos, esperando que llegase el maná en forma de dinero. Si El Quijote es, en la literatura, el mejor retrato del carácter español, su réplica y continuación en el cine es la cinta rodada en Guadalix de la Sierra. Lugar que luego acogió el esperpento aquel de Gran Hermano. Pero esa, es otra historia.
A un insignificante pueblo perdido en cualquier lugar de la Meseta, llegan noticias de que van a venir los americanos. Y entonces, Berlanga  -en magistral colaboración con Miguel Mihura y Juan Antonio Bardem- saca a relucir la España profunda. El alcalde, el cura, la maestra, el intelectual del pueblo  cuyo tío abuelo estuvo en América y que protesta por el evento tanto como desea participar del mismo, el representante de artistas que engañaba a los aldeanos con una supuesta estrella mundial de la copla como si de cristalitos de colores en una aldea zulú se tratase... Dios Salve a Berlanga.
Para colmo, nos deja detalles como una absurda e inmortal canción. Aeroplanos conservados en frigidaire (frigoríficos). Virginia, Michigan y Texas que, no está mal. Y por supuesto, la desolación final. Los americanos pasan, pero lo hacen de largo y por espacio de unos minutos. De nada sirve que el alcalde -enorme José Isbert-  se haya tragado no se cuantas películas del oeste. De nada sirve la fuente de colores ni el patio andaluz en que se convierten las calles del pueblo. De nada sirve que la gente haya soñado con tractores para dejar las duras tareas del campo, o que las mocitas más presumías se hayan deshecho de sus mejores prendas esperando la seda yanqui. No. Los americanos pasan de largo.
No es sólo reirse, que también, de la cómica historia. Es también llorar, emocionarse, ver que, en efecto, somos así de ridículos. Berlanga, sátiro por excelencia, deja para la inmortalidad un largometraje cuya visión es más dulce y admirada conforme pasan los años. Bienvenido Mr. Marshall es nuestro Ladrón de Bicicletas, nuestro Nacimiento de una nación. Es nuestra obra maestra. Y, posiblemente, una de las grandes hazañas del cine, como dijo Pepe Sacristán en un homenaje al fallecido director al que tuve la suerte de asistir en San Lorenzo de El Escorial, de cualquier director en cualquier tiempo y lugar. Y si creen que exagero, prueben a verla y luego a compararla con el revuelo generado, casi sesenta años después,  por la  reciente visita de Angela Merkel.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Mis peliculas favoritas (I). Candilejas

Esta serie de artículos NO es un compendio de las mejores películas de la historia del cine; son, con quien las quiera compartir, una serie de reflexiones sobre el modesto gusto de este bloguero. Advierto que pueden incluir elementos de la trama; si alguien no las ha visto, que no siga leyendo.

Dijo alguien que las mejores películas de amor son aquellas que no tienen un final feliz. Candilejas ( Charles Chaplin, 1952), ratifica desde luego tal teoría: la más formidable historia de amor del séptimo arte no es, en si, una narración en la que el chico y la chica acaban dándose el si quiero en una iglesia. Antes al contrario, es un canto a la vida: a la esperanza, a la desazón, al relevo generacional, a la muerte.
Charles Chaplin incluyó, a buen seguro, tintes autobiográficos en esta cinta. De entrada, se ambienta en el Londres de su infancia, en la capital que asistía al nacimiento de un siglo en el que el Reino Unido cedería definitivamente su liderazgo mundial con respecto a la URSS y EE.UU. No sólo eso: el payaso en el que se inspira la película fue real. Marcelino Orbés, aragonés de nacimiento, pasó por ser una de las principales estrellas de Broadway hasta que los nuevos gustos de cada generación le hicieron parecer soso, anticuado y acabar sin trabajo. Una mañana, en la modesta habitación donde malvivía, terminó con su vida.
El autor también nota como ha perdido parte de gracia. Ya no es el niño irreverente que ha puesto de los nervios al judaísmo más ortodoxo -pese a ser hebreo- ni aquel payaso inspirado, precisamente, en Orbés que fuera estrella de los primeros años de Holywood, que permitiese a su autor firmar contratos multimillonarios o fundar United Artist. La voz ha llegado al cine, y Charlot pertenece al baúl de los recuerdos. Todo en Candilejas, pues, es melancolía.

                                         Chaplin y Claire Bloom

Chaplin se desnuda y aparece como un hombre maduro, cuyo reloj biológico le lleva a la conclusión de que sus mejores tiempos ya pasaron. Y en base a eso, a la nostalgia, al recuerdo del aplauso, el beso o el champán pagado por ajenos, gira la película.
Obtiene su perfecta réplica el personaje de Calvero en una desvalida y derrotada Claire Bloom, que trata de acabar con su vida cuando esta, apenas, ha principiado. Y del encuentro casual entre el payaso olvidado y la bailarina que exhibe bandera blanca  nace la historia de amor.
Calvero tiene, efectivamente, mejor final que Marcelino. Es en un teatro, en una desgarradora escena final donde exige que sus últimos minutos de vida sean para ver bailar a la joven que ha supuesto un soplo de aire fresco, un empujón hacia delante en el momento menos esperado. Calvero, en el momento de la muerte, halla también su triunfo: sabe que al final el público tendrá siempre sus favoritos, generación tras generación, porque la vida tanto del hombre como del artista es, a fin de cuentas, como una candileja que se enciende y apaga cada vez.
Secundado (magistralmente) por Buster Keaton o su propio hermano Sidney, Chaplin deja además una gran banda sonora, que recibió el Oscar veinte años después de su estreno. El motivo era el destierro que en plena caza de brujas sufrió el actor británico de Estados Unidos, lo que impidió que su largometraje se exhibiese en las salas de cine norteamericanas hasta dos décadas después. Y frases tremendas.
"El tiempo es el mejor autor; siempre encuentra el final perfecto", asegura el personaje en un momento de la cinta. Y no falta razón al eterno derrotado, que siempre fracasa en el intento pero que vuelve a la carga al día siguiente. Chaplin o Calvero -tanto monta, monta tanto- sabe que, efectivamente, el mundo va  a seguir girando después de nosotros como lo hacía antes de nuestro nacimiento. Aporta dosis de extremo realismo: su romance es imposible, por la diferencia de edad, de parececeres y de aspecto físico, y trata de pasar de modo discreto a un segundo plano. Por primera vez en su vida, Calvero quiere pasar desapercibido. Pero hasta en esto, fracasa. A fin de cuentas, como dice el propio personaje, es corazón contra razón...

martes, 4 de septiembre de 2012

De rodillas por Concha Espina

Cristiano Ronaldo está triste y en su club saben por qué. Es la frase que atormenta, apasiona y tiene en vilo a la inmensa mayoría de periodistas deportivos de este país. Y aficionados al fútbol ¿qué le puede pasar a alguien que es, como el mismo dijo, magistralmente bueno, guapo, rico y famoso, para no celebrar sus goles?.
El hecho de estar bendecido por todas las suertes posibles no exime a una persona de tener momentos de bajón. Por tanto, de la condición de persona. Al astro portugués, es cierto, que se le ha buscado una salida de tono desde que llegó al Madrid. Aún recordamos como se rasgaban las vestiduras algunos cuando se gastó en una noche lo que yo ganó en un año en botellas de vino en compañía de Paris Hilton, esa intelectual. Nada que objetar: estaba en su tiempo libre y se estaba gastando su dinero como más le parecía.
El problema del ciclón de Madeira, acaso uno de los delanteros con más prestaciones de la historia del fútbol, es que el Real Madrid se le ha venido encima. Llegó a un Bernabéu ávido de títulos, de héroes a los que encomendarse tras una serie de contínuas humillaciones vestidas de azul y grana. Guapo, rico, famoso y cincuenta goles por temporada. Demasiado bueno como para controlarlo.
Y el problema de Cristiano es que nadie se ha parado, en serio, a explicarle lo que significa esa camiseta. Nadie le ha hablado de quien era Santiago Bernabéu: capaz de rescindir el contrato de un jugador porque se mofó de la tortilla de patatas que un humilde cocinero belga había perpetrado como homenaje al club blanco. O que prohibió a los jugadores llevar grandes coches a los entrenamientos: la gente que pagaba por ver a sus estrellas ejercitarse no vestían de Armani, sino que eran obreros que salían de la fábrica y se paseaban por la vieja ciudad deportiva. O sea: nada de ostentaciones con el sagrado jugador número 12.
Cuando los clubes pierden su identidad, ganan títulos, pero algo se queda por el camino. El Barça de Joan Laporta fue, en efecto, imperial. Pero el respeto que merecían su historia y el asombro que despertaba su fútbol se diluían por la alcantarilla a cada numerito independentista del ex presidente. El equipo que, en efecto, es más que un club es demasiado grande, demasiado respetable, como para hacer proselitismo del signo que sea desde la zona noble del Nou Camp. Joan Gaspart era, en lo deportivo, el presidente que todos los merengues queríamos para el Barça. Pero merece respeto que desechara hacer carrera política en el Partido Popular por no mezclar al club blaugrana en cuestiones de urnas y votos. El Barcelona estaba por encima de eso.
Al Madrid le pasa lo mismo. La cantera blanca no sólo emigra sino que se prefiere traspasar a la gente de Valdebebas a saldo de ganga para traer a medianías llegadas de equipitos de la Premier sólo por el hecho de que tengan apellido exótico y hayan jugado dos partidos en una Eurocopa que ganó España en parte gracias a ex canteranos del Real Madrid. La prensa "afín al movimiento" prefiere votar en un premio por un portugués que por el mejor jugador del mundo, que es español y se llama Andrés Iniesta. Para vergüenza de quienes admiramos la majestuosidad del club blanco. Su presidente habla en privado de la evangelización blanca de los cinco continentes y las pretemporadas se realizan a miles de kilómetros de España, con millonarios pagando auténticas fortunas por retratarse junto a los jugadores en un increíble campo de golf.
Ese es el problema de Cristiano Ronaldo. Qué el Madrid es, títulos aparte, un equipo desnaturalizado, apartado de sus valores y orígenes, que le hicieron eterno e inmortal. Por tanto, concluyo que el astro portugués no debe ser el único culpable: también quienes le han dorado la píldora para hacernos creer que no sólo estamos ante un futbolista excepcional, sino ante el último ser vivo del planeta Krypton cuya nave espacial pegó el carajazo en Madeira y no en Smalville. Si Cristiano visita a un compañero en el hospital, tiene cincuenta cámaras alrededor. Que Cristiano se hace una foto con un grupo de crios, se nos vende a la ternura hecha futbolista.  Que gana en unos largos nadando a cualquiera de sus compañeros, no hay problema: el fotomontaje CR9 vs Michael Pheps está servido.
Real Madrid y Barcelona serán más grandes como clubes cuanto más normales sean los tipos que integran sus plantillas. Me comentaba hace poco Javier Imbroda que era difícil dar con alguien como Pau Gasol: al mejor jugador europeo de la historia le adornan una serie de virtudes al margen de las baloncestísticas que hacen de el una rara avis. Empezando, según la cualificada opinión de mi paisano de Melilla, por la sencillez y la humildad.
Cristiano Ronaldo se irá. Pero no será una tragedia. La leyenda del Real Madrid está grabada a fuego sobre remontadas imposibles, luchas en el barro. El Madrid fue grande con Di Stéfano, pero también con Breitner, Hugo Sánchez, Butragueño, Raúl, Zidane o Roberto Carlos. Ellos aumentaron el palmarés del Madrid, pero fue llevar la camiseta y el escudo del Madrid lo que les hizo grandes a ellos. Y cuando este Madrid de reyes desnudos y aduladores vuelva a mirarse al espejo y hacer bandera de si mismo, seguirá siendo grande. Como dice un buen amigo y seguidor de este blog -culé, por cierto-, si se es jugador  a Concha Espina hay que entrar de rodillas.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Y sin embargo, se mueve....

Editorial del  pasado 31 de agosto del programa "Ceuta en la Onda", que presento y dirijo de lunes a viernes de 12.30 a 13.45 en Onda Cero. 101.4 de la FM y www.ondacero.es/directo/ceuta

Hay varias maneras de ver una ciudad. Desde el punto de vista de la mera contemplación, si no lo han hecho les recomiendo encarecidamente que se suban a bordo del Desnarigado, esa entrañable barcaza reconvertida en un coqueto guía de Ceuta, su historia y sus lugares perdidos hasta tal punto que sólo es posible admirarlos desde el mar. La batería del pintor, el viejo molino portugués, la escalera imposible que une El Sarchal con su playa o los isleros de Santa Catalina donde tantas historias de agua y tragedia se han escrito se abren a la curiosidad tanto del visitante como del ceutí de una manera que, insisto, resultaría complicada desde tierra.

La otra visión que puede ofrecer Ceuta es pisándola: palpándola, viviéndola. Tardando media hora en recorrer el Revellín; te paras con uno, hablas con el otro, te encuentras con aquel de allí que te cuenta algo, ya sea un chascarrillo o un rumor. A veces, les prometo que ser periodista en Ceuta no exige más que estar en la calle y tener los oídos abiertos.

Pasado mañana se conmemora el Día de la Autonomía, sin presidente ni consejero de Presidencia de comunidad alguna que nos acompañe este año. Se premiará a dos instituciones que, con sus fallos como toda obra humana, representan valores tan elevados como el saber, en el caso del Instituto de Estudios Ceutíes, o el ayudar, en el de Nazareth.

Y llegados al momento del 2 de septiembre, toca por tanto turno para el balance y el análisis. Ceuta, decididamente, está mal, en una encrucijada, en una situación de indefinición política, social y empresarial que sólo Dios sabe como terminará. En efecto, el futuro ya no es lo que era.

El largo plazo es medio y el medio es pasado mañana. Así somos, así nos va. Tenemos más parados que losetas y un tejido social roto en mil pedazos, friccionado a base de guerrillas de taifas que nos han dejado una ciudad en la que encontrar nexos de unión entre todos sus habitantes es, ciertamente, misión imposible.

Como les digo, desde el ámbito del paisaje Ceuta es una ciudad única. Subir a San Antonio y contemplar los mejores atardeceres del mundo sirve para reflexionar, con el sol muriendo en la Mujer Muerta, y preguntarnos que somos y, sobre todo, hacia donde puñetas vamos. No hay, objetivamente, muchos datos para el optimismo, salvo la tendencia del ser humano a repetir su propia historia.

Y es que desde que el primer Neardenthal llegara a la Cabililla, siguiendo por meriníes, romanos o portugueses, siempre hemos sido así. Improvisando, ideando a cada momento, decidiendo sobre la marcha. No es bueno, pero es nuestra manera de ser. Llevamos años diciendo que "el día en que pase algo", pero nunca ocurre ni ocurrirá.

Ceuta se tambalea. Mentira. Nunca estuvo firme. Siempre de un lado a otro, variando tanto como el viento que la despierta cada mañana. Siempre envuelta en convulsiones, mirando hacia sus adentros. Siempre con esa personalidad por matizar: a veces creemos que somos el ombligo del mundo y a los diez minutos nos comportamos como cualquiera de un pueblo profundo. Pese a todo, tiene encanto. Y, por tanto, hay que confiar en ella. ¿Por qué?. Porque como diría Galileo, y sin embargo, se mueve.

viernes, 31 de agosto de 2012

Marbella y el fuego

Tengo familia marbellera. Lo de marbellíes fue un invento chic, de mediados de los 70, buscando un gentilicio más moderno y menos de pueblo. Lo de marbellíes fue, a fin de cuentas, para ir denominando a todos aquellos que iban llegando, poco a poco, a la localidad costasoleña y que se sentían poco identificados con los nativos del pueblo: pescadores, albañiles, gentes de mil oficios.
Me hablaba mi madre, en una ocasión, de la Marbella que fue. La de los sesenta. La de las tasquitas en la Plaza de los Naranjos. El pequeño pueblecito al que se iban acercando, ya por entonces, algunas celebridades buscando aislarse del mundo. De ahí que me venga a la cabeza una frase de Lolita Flores: "No voy a Marbella porque no es la que conocí".
La Marbella que todo el mundo conoce es la de los yates en el puerto, la de los petrodólares -con un tal Osama Bin Laden viviendo noches locas a la orilla del Mediterráneo-, el famoseo más pedante y petardo y Jesús Gil. Bastó que este último y sus adláteres  prometiesen que Ceuta sufriría un cambio como el de Marbella para que, en frío, decidiera que aquello no iba conmigo. Porque aunque ahora nadie parezca haberles votado -serían los avatares, en una  peculiar versión primigenia de la peli de James Cameron-, en Ceuta goberno el G.I.L. Y, se quiera o no, Antonio Sampietro fue alcalde de mi pueblo.
La Marbella de los marbelleros, en la que se crió y fue preso -cosas de la guerra-  mi abuelo, fue bastante más sencilla. Gente que tiene poco, pero sudado; hombres que sellaban tratos con un apretón de manos y que en su fuero interno considerarían de mal gusto aquello del notario.
Nunca me gustó esa Marbella de impresionantes chalets, descapotables y casas de restauración rápidas. Nunca me gustó esa Marbella de modelos, famosos de medio pelo y excentricidades. Porque me hablaron, y yo conocí sus restos, de una Marbella humilde, obrera, familiar.
Marbella ardió en el fuego una y mil veces: el fuego de la corrupción -que ahora se extiende por toda España-, el fuego de haberse convertido en una pequeña Sodoma, el del cobijo de personajes a los que ninguno querríamos por yerno. El fuego del dinero fácil, de la especulación y el desarrollo mal entendido.
Hoy, arden Marbella y sus alrededores. Fisicamente. Municipios como Coín, Ojen o Alhaurín, el hermoso Alhaurín, vuelven a ser portada pero no por las corruptelas o las tetas de tal petarda, sino porque el hombre sigue siendo el ánimal más imbécil del mundo. El único que trabaja para comer, oculta su desnudez o  es capaz de matar a sus hijos y quemar sus montes por una venganza.
Me duele la Costa del Sol, como me han dolido León, el Ampurdá o Valencia este verano. Me duele pensar que, en el fondo, seguimos siendo la España negra: ya no matamos al clan rival en Puerto Hurraco, pero porque nos da la gana o por putear al alcalde quemamos siglos de vegetación.
Dicen que el fuego purifica y que de las cenizas hacia arriba sólo se puede construir. Estoy convencido de que así será. Marbella, la de los marbelleros -madrugón, ducha rápida, cafelito y a currar- lleva décadas demostrándolo.

jueves, 30 de agosto de 2012

De quijotes y periodistas extanjeros

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiso acordarse el manco inmortal, ha mucho tiempo que vivió un hidalgo de los de lanza en astillero. Cuyas andanzas por la febril imaginación de Miguel de Cervantes fueron, y siguen siendo, el mejor de los retratos de esta cosa llamada España, que cultiva la veneración por los perdedores y que encuentra cierto punto romántico en la derrota y la melancolía.
El quijote era un ser, en efecto, ridículo. Poseídas sus entendederas por las lecturas de novelas de caballería, creyó necesario llevar a la práctica las historias de nobleza, lucha por el desfavorecido y entrega hasta el final en virtud de hacer resplandecer unos valores.
Don Quijote, personaje ficticio pero más real de lo que creemos, no dudó en embutirse su ridícula figura entre latas y yelmos, para hacer justicia allá donde fuera preciso. El manchego más universal –si, más que Almodóvar y Andrés Iniesta- no dudaba en socorrer a una dama en apuros, a un trabajador oprimido o en luchar contra los molinos que se tornaban gigantes a la vista de su mente trastocada. O intentarlo.
El quijotismo nació con las páginas de Cervantes. Podríamos definirlo, sin andarnos mucho por las ramas, como el intentarlo aunque no demos ni una, como el ir a arreglar algo y hacer mayor el estropicio. En definitiva: en tener buenas intenciones pero, como dice el chiste del peor futbolista del mundo, meter un gol y fallarlo en la repetición.
En un lugar de Andalucía, llamado Marinaleda, hace sesenta años que nació otro hidalgo que creyó ser Quijote. Y quijotes son quienes crean ver en el a una reencarnación del caballero de la triste figura. Se llama Juan Manuel Sánchez Gordillo.
Afirma ser un defensor de los derechos de los oprimidos contra el más salvaje de los capitalismos. Sería hermoso creerlo, de no ser por sus patéticas invasiones de supermercados o fincas que son propiedad privada. Y la propiedad privada, se quiera o no, es una de las condiciones que diferencian a los países civilizados de la jungla.
En un lugar de Andalucía, llamado Marinaleda, un carnicero tuvo un día la necesidad de cambiar las cosas en su pueblo presentándose por un partido que no fuera el de Sánchez Gordillo. Aquel hombre recibió amenazas e insultos que le llevaron a desistir de su empeño.
Al Quijote manchego se le veía con ternura y piedad por parte de sus semejantes; al paso del de Marinaleda cierran los comercios y aplauden los amigos de ETA. El Quijote que luchaba contra los gigantes o cortejaba a Dulcinea del Toboso pasaba mil penurias por atender a un necesitado; el que predica pan, tierra y trabajo pierde un iphone de unos cuantos euros, y cobra casi seis mil a final de mes. El primero es un ejemplo ficticio, pero cercano y entrañable, de lo que podríamos entender como nobleza de espíritu. Al segundo, en la prensa internacional, lo comparan con el primero. No tienen ni idea. Cervantes se mofó de España con un personaje inventado, que merece por ser parte de nuestra carta de presentación ante el mundo, admiración y respeto. El mismo al que se le falta cuando se le compara con el cuatrero de la Estepa. Y por cierto, que hay para todos: no son gigantes y si aspas del mismo molino. Son banqueros, fondos de inversión y concejalitos de pueblo ávidos de fama y portadas.