jueves, 26 de enero de 2012

Cecilia

La conocí a finales de los 90. Yo era un pipiolo imberbe que quería comerse el mundo. Terminaba mis estudios como administrativo, pero había descubierto mi verdadera vocación: dedicarme a escribir. Quería cambiarlo todo; a veces me asusto de la poca pasión por las cosas que me queda de esa época de adolescente soñador. Supongo que, como decía Otto Von Bismarck, hay dos cosas que la ciudadanía nunca debe saber como se hacen: las salchichas y las leyes. Y llevo catorce años entrando en la cocina.


Ella había llegado a Ceuta porque su entonces pareja sentimental jugaba en el equipo blanco. Aquel fue un año feliz: ascendimos a Segunda B, pero nació una amistad de estas que marcan época. De las que nunca se olvidan porque amanecen en el momento en que lo descubrimos todo.


Hoy hemos hablado, probablemente tras un par de lustros sin hacerlo. Hemos recordado a compañeros y buenos momentos: aquellos improvisados bailes de tango que nos marcábamos en la redacción de El Pueblo en las pausas de esas interminables jornadas de trabajo, aquellas "excursiones" al Mentidero para tomar café o la oferta que descubrimos en una heladería cercana una primavera del 99.


Se que con el tiempo su pareja y ella decidieron seguir caminos separados. Con los dos mantengo amistad. Pero ella, tan intuitiva como siempre, me adivinó de entrada "por lo que la llamaba".


Llevaba tiempo sin saber de ella. Y a fe que se me cayó el alma a los pies cuando la volví a ver, cuando su recuerdo salió de la pantalla de mi ordenador para darme una bofetada sin previo aviso. En fechas recientes, en el seno de su familia -vasca, muy vasca- abrieron la tumba de Rebeca, nacida meses antes que yo y fallecida a los siete días de nacer. Y como intuían, la tumba esta vacía. Y nunca hubo nada más que un sudario.


Nadie sabe que pasó con Rebeca. Pero su hermana, la que ha armado el revuelo mediático y que ha llevado el caso a la primera plana ya he dicho que es vasca, muy vasca. Y por tanto, terca, muy terca, como dice el tópico. Y además tiene carácter. Por tanto, estoy convencido de que encontrará la verdad y que podrán ponerle cara a los hijos de puta -sin perdón- que trafican con la vida de seres recien nacidos, otorgando falsos partes de defunción como único salvoconducto de su puerca verdad. Si te parece, amiga, yo voy enfriando el champán. Algún día, brindando por tu triunfo y el de tu familia -que será, a fin de cuentas, el de la verdad- volveremos a cantar Con la Frente Marchita.

martes, 24 de enero de 2012

¿Por qué?

Porque pocos cantos me emocionaron como aquel homenaje, tan sentido y pasional como educado, de Hampdem Park a las víctimas del 11 M. Porque nunca nadie desafió tantas veces las leyes de la velocidad sobre un terreno de juego como Lionel Messi. Porque ningún arquitecto es tan perfecto como Xavi Hernández y porque nunca el talento es tan valiente y oportuno como cuando aparece Andrés Iniesta. Que dicho sea de paso, fue capaz el solo, y en un segundo mágico, de desterrar todos los complejos de si mismo que este país arrastra históricamente.
Porque nunca la danza de un hombre fue tan perfecta como la de aquel marsellés llamado Zinedine Zidane. Porque hacer una cosa y mirar para otro lado siempre fue de cobardes salvo cuando lo hacía Michael Laudrup, que era de genios. Porque, como Lola Flores, Raul González Blanco no sabe hacer nada, pero no se lo pierdan. Porque nunca la lucha fue tan hermosa en el barro que por un balón cuando llueve. Porque no hay una curva que invite a soñar como la de Anfield ni santoral mas laico que San Mamés, San Siro y San Genaro.
Porque no hay mas lucha de clases que un derbi, que es más pasional cuanto más cerca vive el rival. Porque Argentina ya no llora por Evita: lo hace por River. Por la finta perfecta, por el disparo sobre el pitido del arbitro, por la bufanda de nuestro equipo, por el café y el transistor, por el ascenso que se nos resiste, porque tiraba de la mano de mi padre como mi padre tiró de la de mi abuelo para ir al Estadio, en el que con el tiempo aprendí a colarme y del que siempre renegué, pero para encontrar una excusa que me convenciera de ir cada quince días. Porque hemos aprendido geografía: Villareal, Rubin, Almendralejo, Eindhoven, Eibar, Mönchengladbach, Leverkusen. Por el canto a la libertad de Sócrates, por la dignidad del Dinamo de Kiev en el partido que ganó la muerte, por el eterno debate entre Pelé y el Diego. Porque lo juega el rico y el pobre, el gordo y el flaco, el viejo y el joven, el negro y el blanco. Por que se juega en cualquier sitio: tres pasos entre piedra y piedra eran una portería, y los niños de mi barrio creíamos emular a nuestros ídolos. Por las horas y horas de conversación con el amigo, el hermano, o el primero que es como si fuera el segundo. Por el gustito de ganar un derbi o un título. Porque volvemos a ser niños cuando nos soñamos rematando a puerta para asombro de millones de personas para despertarnos un segundo después y envidiar al héroe de turno.
Por todo esto y por mucho más, me gusta el fútbol.

miércoles, 11 de enero de 2012

Crónica de una obra


Una curiosa foto -la de la izquierda- tomada por un avispado ciudadano circula por las redes sociales. Se trata de una instantánea de las escaleras del Mercado Central de Abastos de nuestra ciudad, que como todos saben es moderna, europea y tal. Nada tendría de especial la instantánea de no ser porque junto a los escalones en cuestión aparece una pegatina con un señor en silla de ruedas. De esas que se colocan en los accesos para minusválidos.
Con lo cual estamos ante varias hipótesis. Podríamos pensar que algún simpático ha movido la pegatina de sitio, que estamos ante un golpe de finísimo humor por parte de algún responsable del Mercado Central –el que se caía inminentemente hace unos años, recuerden- o que alguien ha tenido con los minusválidos menos tacto que Eduardo Manostijeras. También, como bien recordaba un amigo ayer comentando esa foto, puede tratarse de una advertencia a los minusválidos: cuidado que hay escalones.
El caso es que, puesto uno a pensar si alguien puso la pegatina para el cachondeito o el que hizo la escalera no reparó en la pegata –es decir, si vino antes el huevo o la gallina- llega a otras tantas conclusiones. La primera, que una ciudad se mejora por los detallitos, las minucias, las pequeñas cosas que, como dice la canción, nos tienen tan a su merced como hojas muertas.
La segunda es que el poder político actuará, como es preceptivo, con agilidad y eficacia. Supongo que en próximas horas estará ya nombrada la comisión de expertos que en cuestión de seis meses habrá dilucidado si lo que está mal puesto es la escalera o la pegatina. Como da la ligera impresión de que es la escalera, se abrirá un procedimiento urgente para paliar tamaño desajuste.
Dos meses después del dictamen de la Comisión de Expertos, esto es, dentro de ocho, se evacuarán los preceptivos informes de intervención, tesorería, así como los medioambientales, sanitarios y arqueológicos. Se publicará el pliego de condiciones que, en aras a la transparencia y eficacia, demorará el proceso en un mes.
Al noveno mes no tendremos alumbramiento, pero tras el proceso de alegaciones, por fin se conseguirá. ¿Poner la rampa?. No hombre, no me sean impacientes: el tema irá a la Comisión Informativa de Fomento, que durará tres minutos y medio porque no hay cámaras de televisión, y luego irá a Pleno.
Un Pleno en el que el Gobierno de la Ciudad apelará a la solidaridad del resto del país, la Unión Europea, la Federación Riojana de voleibol y el ayuntamiento de Motilla del Palancar para acometer esa magna obra de ingeniería civil de la que las generaciones venideras de ceutíes habrán de sentirse orgullosas y que estará diseñada por un arquitecto de vanguardia internacional. Mientras, Caballas, principal grupo de la oposición, acusará al Gobierno de especulación urbanística, racismo por si acaso, y recordará que de imperar la Transitoria V, en Ceuta las rampas para minusválidos estarían puestas antes de empezar la obra y que en la barriada Príncipe Alfonso un niño tiene un moratón en la pierna porque, jugando al tula en alto, tropezó con una piedra y nadie se ha preocupado de eso. Por su parte, el PSOE pedirá que las losetas sean rosas y grises, por aquello de la igualdad y como el camino del Mago de Oz, y exigirá, en una rueda de prensa en la que se recordará que la que le cambió la tinta a la impresora en la que se imprimió la factura de la obra era mujer, que se coloque una placa, o placo, junto a la obra, con el siguiente lema: “Todos y todas somos iguales o igualas ante la ley. También los minusválidos y minusválidas tienen derecho a saber a como está el kilo de acedías y acedíos, hombre ya”.
Claro, esto será por noviembre. No habrá un duro, con lo que habrá que esperar al Presupuesto General de la Ciudad para 2013. Un mes de exposición pública, tras la aprobación inicial, y tras el periodo de alegaciones, aprobación definitiva. En torno a la última semana de diciembre. Luego nos vamos de vacaciones de navidad, y está feo hacer obras en diciembre no sea que llore el niño Jesús. Conclusión: dentro de doce meses, el 12 de enero del 2013, con una ceremonia de bendición multicultural, la rampa para minusválidos estará inaugurada.. Así de rápido, de sencillo y de eficaz. Si es que nos quejamos por vicio…

martes, 3 de enero de 2012

Biba her zú

Recientemente, compartía copas y confidencias con uno de los mejores comunicadores de España. Pero además es amigo, por lo que omitiré su nombre. Y me recordaba como, en sus años mozos, probó suerte como D.J. en el norte. "Eran los años -me decía- en que estaba mal visto que un sureño, que un andaluz dirigiera nada. Ni siquiera la musica de una discoteca".
Efectivamente, el Sur -Andalucía, y mucho más- tuvo mala fama. Uno de los precursores de la radio musical en España reconoció, hace un par de años y en un alarde de generosidad, que en el sur en los últimos 40 años se había hecho "alguna cosita" en el plano musical. Alguna cosita.
Supongo que quienes asocian Sur con incultura y analfabetismo no se han prodigado mucho por estos lares. Ni por su folclore. No han visto a un gitano llamado Enrique Morente vibrando y haciendo vibrar a todo un Leonard Cohen, aflamencando sus besos y versos. No han estado nunca en el lago, cuando el pájaro blanco echaba a volar. Supongo que no se han percatado de que no se pescan por deporte atunes en el paraíso, no han paseado nunca por la mezquita. En el sur nada nuevo ni bueno se hizo: no se estremecieron jamás con la historia de la reina de las mariposas, condenada en la voz de Lole y Manuel -mi paisano- a ser expuesta en un museo de breves bellezas muertas. No distinguirán una amapola que escapó de un pinar ni sabrán que el pensamiento, florecido para recordar males de amores, es rosa lunaria. Y ya que andamos por Sevilla, efectivamente, que bien parece: doña Victoria Eugenia y Alfonso trece.
No han soñado nunca con aquella niña que se escapó de la mano a su madre Andalucía y bajó al mar, ni se han percatado de que Calaña es un segundo Madrid: pasa el ferrocarril, decía El Cabrero, a las tres de la mañana. No sienten nada cuando oyen a Antonio Martín pedir al carcelero que le abra las rejas, a Juan Carlos Aragón describiendo a las modelos y a las mujeres de verdad o a Martínez Ares recordando un mayo cualquiera por la Plaza de España. No. Tampoco han sufrido con un angel malherido como José Luis Figueredo, dignísimo heredero de Jesús de la Rosa. Ni las voces de José Mercé, el gitanillo bueno, o del Camarón, aquel hijo de un herrero por el que la luna bajó a la fragua. Ni de aquella chipionera universal que removía hasta el último rincón del alma cuando su voz se abría como las alas al viento. Ni de Lola, ni de Pastora, ni de Pasión, ni de Estrella. El sur, el de la incultura, es el del polisón de nardos de Lorca o la voz al nivel del mar de Alberti. Sin olvidarnos del camino siempre presto por hacer de Antonio Machado.
Podría seguir. El Sur, más que una comunidad autónoma es una forma de vida, que es mucho más importante. Si compartir nostalgias y vibraciones con esta pandilla, es ser inculto, pues, biba her zú.
Y se escucha la guitarra de César de los Morancos...

domingo, 11 de diciembre de 2011

Asi no, Mou

La pesadilla en la que se han convertido los clásicos para los madridistas en el último lustro volvió a escenificarse en el Santiago Bernabéu. Guardiola sigue acrecentando su leyenda y tirando por tierra el tópico de que el Madrid perdía en Barcelona y los culés en Concha Espina. Violentar el templo ajeno ya no es algo que ocurra una vez cada generación. Se ha convertido en el pan nuestro de cada día.
Al madridismo ahora no le vale el consuelo del arbitraje como ocurrió en la semifinal de Champions. No, porque a pesar de ser tocanarices el árbitro no influyó en el marcador. Al madridismo tampoco le vale que, de vez en cuando, la épica se queda sin premio: no son pocos los partidos en los que un equipo dobla la rodilla tras una sucesión de tiros al palo o intervenciones del meta rival. Los béticos y los gallaretas -aficionados del Ceuta, según Schopenhauer- sabemos bastante de eso esta temporada.
Simplemente, al mejor entrenador del mundo (sin segundas) le siguen faltando unas lecturas madridistas. De como el Madrid ha forjado su leyenda de mejor equipo de la historia a base de briega, de lucha, de remontadas imposibles, de partidos "molto longo" en el Bernabéu, de remates desde cualquier posición y sobre todo de no ser un equipo menor ante el Barça, su eterna némesis y su necesario reverso. Mourinho fue el mejor con Porto, Chelsea o Inter, y seguro que hará cosas importantes con este Madrid. Pero un partido ante los culés no puede plantearse como si se tratase del Sporting de Gijón o Levante. 1-0 en el minuto 1 es para echarse a soñar, asfixiar al rival y tratar de escribir la historia. No, señor Mourinho, para detallitos de equipo menor como perder por 1-2 y meter a un centrocampisto defensivo. El madridismo puede soportar la derrota, más no sin combate. Y en el fondo, he ahí la diferencia entre el bando blanco -del que no deserto- y el Barcelona. Este Madrid, posiblemente, hará historia. Este Barça ya es leyenda.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Cien palabras de Navidad

Ilusión. Gorro. Pavo. Familia. Borrachera. Vacaciones. Melancolía. Amigos. Fotos. Sonrisas. Hipocresía. Reencuentro. Dudas. Niño naciendo: morirá. Beneficiencia. Olvido. Ardor. Conciencia: Africa se desangra. Lluvia. Belén. Concierto: vaya pintas. Regalo, detallito ¿felicidad?. Musica. Abrazo (mírate luego la espalda). Solidaridad. Calendario. Delantal. Anís. Roscos. Dieta. El siete empiezo. Sorteo. ¡Ay si me tocara!. Brindis. Discursos. La última y nos vamos. Villancicos. Tradición. Adornos. Gordo con pijama. Tres magos de Oriente. ¿Nieve?: nació en el desierto. Mercaderes predicando en el templo: vuelve, domine, vuelve para echarlos. Mercado de invierno. Prisas. Ojeras. Colas. El año que viene, papas y huevos. Desde la manada: felicidades

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cuando llegue la III...

Escribo en una habitación presidida por un cristo pequeño, de escasos centímetros, tallado por un hombre honesto. Un hombre que me dejó pequeñas insignificancias en lo material, pero enormes en lo sentimental: un anillo que luce mi dedo con orgullo, algunos libros de aventuras o un pequeño trozo de banderita republicana. De la época. Como Rodríguez Zapatero, yo también soy nieto de un republicano: guardó un trocito de la antigua enseña nacional durante cuarenta años. Sólo el sabrá por qué, pero con el tiempo decidió hacerme depositario de ese trocito de historia.
Fue republicano, más vivió hasta el final de sus días con la amargura de haber luchado con el enemigo. Como a tantos otros, le obligaron a luchar con los nacionales si no quería entregar su propia vida y la de sus familiares. Ojo: de canalladas como estas no están eximidas ninguna de las dos partes.
Luchó en la batalla del Ebro. La primera vez que hablé con el de eso fue un día en el que lo vi cogiendo una mosca al vuelo y comiendosela. “¿Estás loco?”, le pregunté. Me respondió que aprendió a cazar moscas en la guerra; a veces era lo único que comía. Me contó que luchó contra quienes eran sus compañeros ideológicos. “Nunca supe si maté uno, ninguno o doscientos. Disparaba sin mirar, al azar”, me confesó con pena.
A pesar de luchar contra si mismo y sus ideales, ganó la guerra. Y pudo obtener su recompensa: un confortable trabajo. Pero decidió que ya se había traicionado bastante y renunció a vestir un uniforme. Mi abuelo era así. Como contrapartida, cuarenta años en el Barrio de las Latas –si: yo nací en una barraca ¿pasa algo?-, descargando contenedores en el Puerto y haciendo todos los trabajos posibles.
Sólo recuerdo verlo llorar dos veces: cuando enviudó y cuando desapareció la Unión Soviética. Y en sus últimos años, el viejo comunista hablaba con pena, más nunca con rencor. “Aquello, aquello fue”. Jamás tan pocas palabras me dijeron tanto.
Mi abuelo era comunista y republicano. Y soñaba con ver llegar la III República. Y ahora, en esta época del año en la que tanto nos acordamos de quienes nos faltan, lo recuerdo, lo comparo con lo que veo y me río de la condición humana: quien posiblemente mató y vio morir, jamás tuvo rencor. Por el contrario, muchos que sólo conocen aquello por los libros –como yo- desprecian el marco de libertades actual, mitifican aquel desastre y quieren ganar la guerra 75 años después porque mola mazo y mogollón. Pais…