domingo, 1 de octubre de 2017

Cataluña: dudas y culpables

Me he resistido hasta el límite de lo posible a opinar sobre el conflicto en Cataluña. Un lugar al que, pase lo que pase, estaré vinculado siempre. He pasado allí los últimos días, en una Barcelona con el ritmo habitual pero con un paisaje cambiado: estelades, pancartas del sí colgadas en cualquier lugar, gente repartiendo sobres o paseando con banderas independentistas. Solo el Estadio de Montjuic, en el concierto de los Rolling Stones, se representa como un oasis libre de banderas y consignas demostrando que la música es el único idioma universal.

No se que pasará a partir de ahora. Me duele que mi país pueda balcanizarse. No quiero que Cataluña y España tomen caminos distintos, porque entiendo que eso obligaría a levantar fronteras y grabar con aranceles productos catalanes. Quiero a Cataluña; quiero que se queden. Hay quien odia a Cataluña y exige que se quede.

No voy a aplicar soluciones, aunque entiendo que habrá que hacer algo más que el ninguneo entre Sant Jaume  y Moncloa. Tal vez, preguntarnos a todos los españoles si estamos dispuestos a autorizar un referéndum en Cataluña. Es decir. no quiero decidir por Cataluña, quiero que se me pregunte si les dejo decidir. Con preguntas claras y consecuencias aclaradas. Y adelante.


Pero si tengo algunos culpables a los que reprochar esta situación. Empiezo a enumerar

1) Felipe González Márquez y Jose María Aznar López. Los dos presidentes jubilados llevan tiempo pidiendo sentido de Estado. El mismo del que carecieron ellos en 1993 y 1996 cuando, en vez de buscarse mutuamente, prefirieron entregar el cofre de las esencias al patriarca de la "Sagrada Familia".

2) José Luis Rodríguez Zapatero. Sus sucesores tampoco han ido mucho más allá, entre la ingenuidad y la cobardía. Decir que "aprobaré todo lo que venga del Parlament" cuando tu mayoría depende de un partido por definición rupturista es supeditar el parlamento nacional a un autonómico y encender una hoguera donde solo había brasas.

3) Mariano Rajoy Brey.  Hace tiempo dejé escrito que un presidente del Gobierno tiene que ser algo más que un mero gestor; ha de ser un líder. Algo que nunca ha sido. No se si la gestión de la crisis corresponde -no me extrañaría, viendo lo de hoy- a una operación interna de La Gloriosa para derribarlo, pero no ha podido ser peor. Si uno se representa como garante de la Constitución, debe aplicarse el 155 sin ambages y con claridad; no hacerlo por fascículos y con pellizquitos de monja. Puigdemont ya tiene lo que quería: la foto de guardias civiles y policías nacionales -mal pagados y humillados en un barquito de juguete, por cierto- cargando contra votantes. Negar cualquier seriedad al referéndum para desembarcar a la mitad de los agentes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad  en Cataluña debe ser lo más parecido a un sueño húmedo de las CUP. Desoír y abandonar a su suerte, más allá de bonitos actos en salones cerrados del PP, a quienes llevan años advirtiendo de la dejación paulatina de funciones del Estado en la magistratura o en la escuela. Dejarles escribir el guión. Contrarrestar esteladas con banderas de España, reduciendo la Enseña Nacional -la mía también- a un mero instrumento de manifa y consigna.  Decir que el incendio está controlado cuando el humo se ve desde Valparaíso. Tarde y mal.

4) Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Ha quedado claro que no soy fan del presidente del Gobierno. Pero pretender traer aquello de "cuanto peor mejor" y aprovechar cualquier atisbo para tratar de cambiar el Ejecutivo; cuando se posicionan a favor del enemigo natural de la izquierda -el nacionalismo, en cualquiera de sus expresiones- y vale todo para aumentar réditos electorales, demuestran tener más contenido que continente. No, aquí no valen medias tintas.

De Carles Puigdemont, Vicent Sanchís, Oriol Junqueras, Anna Gabriel, Artur Mas y el resto de la pandilla no hablo. Han jugado sus cartas. El error está en que el resto se lo haya permitido. Han puesto de acuerdo a los protegidos de la banca con los que quemaban los cajeros. Otegi o Sánchez Gordillo son líderes democráticos; Serrat, Coixet, Sardá (Xavier) y Marsé unos fascistas. Quien quema una bandera de España o silba el himno nacional expresa su derecho mientras el columnista facha de cualquier diario de provincias representa a todos los españoles, mantenidos a la sopaboba por Cataluña. Los números dicen lo contrario, pero el relato es el relato. Que tingueu sort, como cantaría Abraracurcix. Eso si: Enver Hoxha o Franjo Tudjman pueden estar tranquilos allá donde anden. Tienen dignísimos sucesores

domingo, 7 de mayo de 2017

Le Pen triunfa. España ¿a salvo?

Como podrá comprobarse, escribo este post minutos antes de que se conozca el resultado de la segunda vuelta en las Elecciones francesas. Unas elecciones que tienen una clara triunfadora: Marine Le Pen. Quince años después de que su padre diera la primera voz de alarma, se vuelve a colar un miembro de la familia en la fiesta final de la democracia gala. Algo ha debido ocurrir al norte de los Pirineos, algo se ha cocido a fuego lento pero imparable durante años, para que la pesadilla de 2002 se repita tres lustros después.
Le Pen es la extrema derecha con un claro esfuerzo por aparecer como un icono de los trabajadores. Visita fábricas, explotaciones agrícolas, tiene su caladero de votos en zonas obreras de las ciudades y extensiones rurales... Ver para creer. El otro día coincidía con Macron en una fábrica: quien fue ministro socialista abucheado y quien viene con el brazo estirado ovacionada.
El triunfo -independientemente de que sea o no presidenta, insisto- de Le Pen es la evidencia de la disolución de la izquierda europea. Tony Blair admitía a finales del siglo XX que la izquierda europea había renunciado a dos postulados claves, como la seguridad y la familia. Añadiría un tercero: la identidad nacional, de país. Corbyn  fracasa contra el Brexit, el PSF obtiene resultados ridículos en una Francia a la que un presidente no opta a la reelección por primera vez. Siryza se diluyó entre dosis de realidad. Renzi fracasó por su propia altanería; volverá, pero la quiebra de sus bancos convierte a Italia en un protectorado de Berlín en la práctica.
En España, PSOE y Podemos están más pendientes de sus cuitas (entre ellos y con el otro) que de tratar de hacer algo convincente. En el caso español, no hablo de soflamas nacionalistas y discursos inflamantes. Amo tanto a mi país que no puedo ser nacionalista, dijo Albert Camus. Pero heredar una casa de tus padres cuesta más o menos en función de donde lo hagas. Traemos el gas de Argelia, el petróleo de Venezuela o el Golfo, pagamos una barbaridad a Francia por los residuos nucleares y hemos pasado de ser líderes en materia de renovables a tener menos placas solares que Alemania o Suecia. Sin una sola propuesta más allá de la protesta.
Por no hablar del complejo mal disimulado a la hora de hablar de capítulos pasados -el Descubrimiento de América; hace 525 años- o desafíos presentes, como Cataluña. Se asimila el sentimiento de español al fascismo. Cuesta trabajo discernir si son laicistas -yo también-, ateos o anticatólicos.  Se presentan como partidos obreros, pero algunos de sus dirigentes tienen menos días cotizados en la Seguridad Social que cualquiera de mis gatos. 
El Front National no cruzará los Pirineos. De momento. El caldo de cultivo, sin embargo, está. Mario Conde debe estar lamentando no haber nacido veinte años más tarde... 


jueves, 13 de abril de 2017

Carta abierta a un abuelo comunista

He caído en la cuenta de que, en este mes de incienso y procesiones, habrías cumplido tu centenario. Curioso, tu que presumías  de haber nacido con la Unión Soviética que tanto idealizaste a lo largo de tu vida. Hasta el punto de que sólo recuerdo ver en tu rostro, duro y cuarteado, la pena reflejada en dos ocasiones. Cuando se arriaba la bandera roja del Kremlin y cuando enviudaste tras una injusta y larga agonía de aquella venerable vieja de cabellos blancos.
¡Cómo ha cambiado esto, cabezota!. Te fuiste hace casi dos décadas sin hacer más ruido de la cuenta, pero dejando un hueco que aún palpo a diario. Si siguieras aquí, te gustaría saber que eres bisabuelo por partida múltiple, que muchos de tus nietos hemos pasado ya por el altar o el Juzgado. Algunos hemos heredado, por convicción, aquello que tu decías de no creer en Dios sino en Cristo.
Mal que bien, las cosas marchan correctamente. Pero el mundo se ha vuelto definitivamente loco. A veces, agradezco que no estés viendo en qué se ha convertido aquello con lo que tanto soñaste. Qué tu compañero Isidoro es un auténtico Ejecutivo de multinacionales -fuiste un visionario: lo admito, pero no te me vengas arriba, que te conozco- mientras que de la mina y de las ayudas a los parados salieron cohortes de sinvergüenzas que mancillaron tu sindicato. El Galgo Terrible de Neruda y Victor Jara que tan machaconamente cantiñeabas sigue cabalgando impertérrito. Fíjate que hasta un negro ha presidido los Estados Unidos, ha ido a Cuba y ahora los dos países son amigos. Por cierto, te supongo enterado de la muerte de Fidel Castro. Ahora murmurarías algo entre dientes si te chinchara diciendo que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista.
Lo que un día era nuestro Barrio de las Latas es ahora un gigantesco edificio, con parking y varios negocios. Con el caño de agua fresca que salía de las paredes, no han podido, sin embargo. Por cierto ¿Te acuerdas de aquella explanada que fue un inmenso charco de aguas estancas mientras la construían?. Si, esa en la que  teniendo cuatro o cinco años me fui a navegar con una tabla y me puse perdido de barro. Se acumulan comercios, supermercados: multinacionales. Se que a estas últimas las odiabas a muerte, pero es lo que hay.
Las películas futuristas se han hecho realidad. Ahora se puede hablar a través de un ordenador. Llevamos teléfonos colgados de la cintura, el correo ya no llega en barco sino dándole a un botón. Ya te lo explicaré algún día.
Como te decía antes, siento comunicarte que ni España ni el mundo son mejores. Vuelven a emigrar los jóvenes, la locura florece como en aquellos años cuarenta cuyo recuerdo te amargaba. Ha vuelto a haber racionamientos de comida, la luz eléctrica es un lujo para muchas casas y hay gente desalojada de sus hogares. Si, aquí, en tu España. La gente dice matarse por religión; las nuevas generaciones hablamos de la Guerra Civil -la que te obligaron a luchar en el bando contrario al qué querías- pero no lo hacemos con sosiego, sino con un odio que nunca te vi o disimulaste bastante bien. El italiano, como le llamabas, dejó el trono en manos de su hijo, que a su vez se casó con una chica que salía por la tele. Tal cual. Hay gente sin estudios dirigiendo Gobiernos y universitarios sirviendo copas. Ya no hay peseta y Don Antonio tiene una estatua en la Gran Vía. Tus compañeros de la estiba traen al Gobierno de cabeza. Y aunque se que odiabas el fútbol, hemos ganado el Mundial. Te hubiera caído bien, por cierto, el muchacho que metió el gol: es un hombre del campo, hijo de una familia de albañiles.
Tu anillo lo tengo a buen recaudo, no te preocupes, como los libros de Julio Verne y el de las maravillas del mundo que con tanto cariño me legaste. Perdí -me odio cuando lo recuerdo- aquella moneda de 1934, pero el trozo de bandera tricolor que escondiste durante cuarenta años lo tengo en sitio preferente en mi casa Y, más o menos, así va la vida. Cien años después de que nacieras, cien años después de  aquel país que tanto admiraste. Todo era, como puedes ver,  una gran mentira, una contínua derrota, una reinvención constante, una frustración cíclica, pero eso no viene a cuento ahora. 
Cuídate. Te quiero.






miércoles, 29 de marzo de 2017

Paco Sanz ¿único culpable?

No me voy a andar por las ramas. Paco Sanz y el padre de Nadia son dos auténticos hijos de puta. Han usado la buena voluntad de gente para lucrarse y llevar una vida de auténtico lujo cimentada sobre la mentira. Sobre el miedo y la esperanza de miles de enfermos de cáncer. De miles de familias con enfermedades raras que nunca acudieron a la plataforma solidaria o no gozaron del eco mediático y ahora se ven, injustamente, bajo el punto de mira.. Siento por ellos el mismo desprecio que por Lance Armstrong, que nos cautivó a todos con su historia de superación y dejó en añicos el símbolo que el mismo había construido. No para el ciclismo; el tejano era el ángel al que se encomendaban en las plantas de oncología de medio mundo.
A este tipo de personajes les reconozco la capacidad de llegar demasiado lejos, engañando a demasiada gente. Desde el parado o mileurista hasta el famoso. En las últimas horas, he percibido una sensación común entre todos los que han tenido la desgracia de cruzarse con el tal Sanz:  nos hubiera podido engañar a cualquiera. Famosos solidarios -doy fe de la bonhomía de Juan Ramón Lucas, Carlos Alsina, Sandra Ibarra o Santi Rodríguez- o trabajadores anónimos como una chica valenciana que quiso volcarse especialmente con el por su paisanaje y solo pide que la vida castigue alguna vez al personaje en la proporción en que la ha defraudado a ella. A ninguno los tengo por tontos. Al contrario. 
Pero ¿Sanz es el único culpable?. No. El personaje surge en una sociedad con gente supuestamente formada que cree que por compartir la foto de un chico etíope con los ojos a punto de reventar y el estómago hinchado alguien va a donar un dolar. Gente que comparte, sin molestarse en perder dos minutos más, fotos y montajes de niños desaparecidos o de salvajadas contra animales. ¿O soy el único al que le ha llegado que una tal Sonia gestiona una protectora en la que se sacrifica a un montón de gatos mientras se cobra por mantenerlos?.  Sonia es como Dios: omnipresente, puesto que su protectora está en Toledo, Murcia, El Ferrol o Ceuta, indiferentemente. Nos hemos creído que por compartir no se que articulado del Tratado de Roma ¿? las fotos de Facebook que subimos no van a ser manipuladas o usadas para fines espurios. Y si, todos hemos caído alguna vez en estas trampas.
Una sociedad que ha confundido la ayuda con la limosna. Reventamos teléfonos para comprarle una silla de ruedas o hacerle una rampa de acceso a su vivienda a cualquier chaval impedido de algún lugar. Bien, pero ¿nos hemos preguntado hasta que punto hemos decaído como país y se han reído nuestros gobernantes de nosotros como para que algo tan justo y elemental tenga carácter de hazaña social?. Un "toñimorenismo" que nos ha envuelto a todos. Principalmente a medios de comunicación: ¿cómo vamos a exigir pruebas de veracidad a un padre desesperado, como vamos a renunciar a una información que está ofreciendo todo el mundo y revolucionando cualquier red social?. ¿Cómo vamos a perder dos horas mirando algunas páginas o correos, con la de cosas qué hay qué hacer? ¿ Cómo resistirnos a ofrecer una foto tierna, un vídeo impactante o un audio sobrecogedor? Tengo el amargo e íntimo convencimiento de que no será el último caso que tengamos que digerir como el ricino. Y de que Paco Sanz o el padre de Nadia -malditos mil veces en mil vidas que vivieran- no son los únicos culpables. No. En el fondo, por mucho que nos duela, todos lo somos. 

viernes, 17 de marzo de 2017

"Tós por igual"

Decía Romano Prodi que "Europa no era vieja, sino sabia" como respuesta al desprecio de Donald Rumsfeld sobre la actitud de la Unión ante la Guerra de Iraq. No le faltaba razón al ex presidente de la Comisión, ex presidente de Italia y experto en conversaciones con el Más Allá: Europa es sabia, o debería serlo, no por capacidad sino a golpe de sangre y vísceras.
Una de los fenómenos más aterradores que, en los últimos tiempos contemplamos, es el de la generalización. El de la pixelización del colectivo. Sin salir del ámbito europeo, las últimas dos veces que alguien generalizó en nuestro continente acabamos con seis millones de judíos muertos en las cámaras de gas y un conflicto que desgarraba los Balcanes mientras el resto del mundo brindaba con champán sobre los restos del Muro de Berlín.
Generalizar, siempre, es la mayor de las injusticias. Y el principio hacia el buenismo, origen de todo fascismo. Ya sean menores extranjeros, catalanes muertos en un avión o vacunas que producen cáncel, según el intenné. Ahí tenemos los resultados.
La generalización siempre es errónea, aunque sea en positivo. Pensar que todos los refugiados o MENAS son unos seres desvalidos sin maldad es tan peligroso como considerar que todos son unos asesinos ávidos de sangre fresca. ¿Qué ejemplo de refugiado es el válido?. ¿El de los que han cometido espantosas violaciones en Colonia o el de los que evitaron un atentado en Alemania porque, precisamente, venían huyendo de aquel horror?. La simplificación de la política, entre "progresistas" y no progresistas. Conozco auténticos retrógrados que votan a la izquierda y gente de mentalidad avanzada que votan a la derecha. Y al revés.  Es como lo de ser del sur y saber bailar sevillanas o cantar flamenco. Si me arrancara por Farrucas, Morente o Camarón volverían del otro lado para maldecirme.
Los estibadores: unos héroes de la clase obrera o unos desaprensivos que les trae al pairo arruinar un país. ¿En qué quedamos?. Ahora mismo, a los únicos que quiero ver como entes similares, "tós por igual", es a los costaleros de la próxima Semana Santa. Por cierto: a quien no le guste, que no mire. Tan difícil no es.

martes, 24 de enero de 2017

Lecciones de vida

Hollywood ha dado hoy a conocer cuales serán las películas que opten por los Oscars. No, aún no he visto ninguna, pero si voy a compartir con quien quiera una serie de películas con las que me iría a una isla desierta, a las que vuelvo de vez en cuando como el peregrino en busca de respuestas. Mi gusto cinematográfico no es el más elevado del mundo -tal vez si, ¿quien sabe?- pero por ser cuestión de gustos no entraré en discusiones. Las películas que hay que ver antes de morirse son:

1) El mejor discurso de la historia (El gran dictador, 1939)
Cuando aún no habían entrado los tanques nazis por Polonia ante la incredulidad del mundo y la estupidez de Chamberlain, el mayor genio de la historia del cine ya había sido capaz de adivinar los años posteriores y predecir el amargo final del Führer. Les confieso una cosa: el discurso final me parece, probablemente, el mejor de todos los tiempos desde las Bienaventuranzas o el del general Marco Antonio en los funerales de César.

2) Una lección de Economía (Trilogía de El Padrino, 1970-90)

Un emigrante que huye, la ley al margen de la ley en los barrios bajos, el negocio de la exportación e importación, la especulación inmobiliaria, la globalización, las tácticas -cívicas o no- de negociación, el reparto de la herencia, las conexiones con el poder, la conversión de una pequeña empresa familiar en una multinacional, la huída de aquellos lugares  donde el capital no está seguro... Únanle dosis de amor/desamor y una magistral ambientación tanto estética como histórica. No lo duden. Si quieren entender el mundo, en apenas seis horas es posible.
3) ¿Y si Dios existe? (Ordet / La palabra, 1953)
 La existencia de Dios es algo que ha atormentado a los hombres desde siempre. Y en caso de asumir que exista un ser superior, habría que plantearse si es caritativo o justiciero. ¿Y si, de verdad, renaciéramos de nuestras cenizas?. ¿Y si fuera cierto que es posible volver de la muerte, evitarla cuando parece inevitable?. Empíricamente, no puedo demostrar la existencia o no de un Dios. Carl Theodor Dreyer tampoco. Pero el dejó uno de los largometrajes existenciales más grandes jamás rodados y una fotografía cuidada como pocas veces en la historia del 7º Arte. En su caso, con mayúsculas. 
4) Confieso que he llorado (Bienvenido Mr. Marshall, 1953)
No falta nadie en esta foto. Ni la maestra, ni el embaucador, ni el alcalde, ni la artista que quiere ir a América y no pasará jamás de su pueblo, ni el cuñado que todo lo sabe. Al final de la escena, un cojo y un par de niños intentan seguir el camino de los demás, entregados a agradar al supuesto visitante del extranjero y que se olvidan de los más débiles. Y entre medio, España en estado puro: soñadores, apátridas,  exagerados; tiernos y entrañables en el fondo. Me emociona esta película; confieso que lloré cuando alcancé a comprender la magnitud de la metáfora. Esa España siempre expectante a que vengan de fuera a arreglarnos nuestros problemas; esa España que entregó algunos de sus hijos a librar Europa del fascismo y luego quedó abandonada a su suerte. Somos así. Y esta la mejor descripción de nuestro país desde El Quijote
5) De peligrosa actualidad (La Naranja mecánica, 1971)
Un joven aislado en su intimidad, incomunicado con su entorno más cercano y con problemas de adaptación al medio que solo encuentra su lugar en el mundo a base de gamberradas. Un sistema excesivamente paternalista. Una sociedad demasiado frívola y carente de valores. Unas ciudades en los que la excentricidad y el morbo por el "malote" de la clase se imponen al sentido común. Unos políticos mediocres, ávidos de cualquier foto que pueda asegurar unos pocos votos. ¿Hoy en día?. Tal vez: lo grande es que la mejor obra de Kubrick  (ya es decir) cumple 46 añazos en este recién estrenado 2017.


Y tantas, y tantas mas...

lunes, 21 de noviembre de 2016

El espejo de España

Tan a fuego se nos grabó aquello de que Europa empezaba en los Pirineos que por toda brújula siempre hemos entendido el Norte. Sin embargo, la historia nos demuestra que España tiene una referencia más cercana y con más paralelismo con nuestro país.
Nuestros imperios fueron en otros tiempos repeticiones de los suyos, que tampoco vieron ponerse el sol; ambos son los dos países europeos con más historia católica. Y también pasaron antes nuestros miedos actuales: hace más de dos décadas que se acostumbraron a votar con cada cambio de estación o a que ningún Gobierno les durase más de seis meses. También hace dos décadas un juez valiente, llamado Antonio Di Pietro, empezó a indagar en las alcantarillas del poder hasta el punto de que sus partidos políticos tradicionales acabaron diluyéndose entre el insoportable hedor a corrupción y el auge de populismos de toda ideología. Por cierto, que Di Pietro pagó con una controvertida salida de la magistratura su osadía y acabó en política con más pena que gloria. ¿Les suena, verdad?.
Ellos sufrieron el terrorismo antes y con más virulencia que nosotros. Un terrorismo cercano al marxismo en lo teóricamente ideológico. Y un terrorismo que perdió el apoyo popular, enfilando el camino de su desaparición, con un crimen con cuenta atrás. Aldo Moro, el hombre con la extraña virtud de tocarle las narices a demasiada gente al mismo tiempo, aparecía en pleno centro de Roma tras un agónico secuestro con el chantaje como fondo. Fue veinte años antes de que el corazón de España se helase cuando a un anónimo contable llamado Miguel Ángel Blanco le dieron 48 horas de vida. Mario Moretti, autor material del crimen del ex premier, vive hoy una placentera vida como ingeniero informático en algún lugar de Milán. Jamás mostró arrepentimiento. ¿También les suena, verdad?. Nosotros creamos la Santa Garduña; ellos la perfeccionaron con la mafia. Rivalizamos en aceite de oliva y picardía. Nuestro único mundial de fútbol viene, además, precedido del último de su gloriosa historia balompédica.
Nuestra referencia, el anverso de nuestra moneda, el espejo en el que la historia nos obliga a mirarnos es Italia. Cuyo primer ministro actual, Mateo Renzi, se encuentra sin moneda propia, con el riesgo de que no quede ni un sólo banco de capital nacional -lo que significa, en la práctica, ser un protectorado de Berlín- y plantea un arriesgado referéndum que puede socavar aún más los endebles cimientos de la otrora orgullosa Europa. ¿De verdad alguien cree que nuestras referencias históricas comienzan en Port Bou?.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

¿Quo vadis, Europa?

La victoria de 'Trump the man' en las presidenciales de los Estados Unidos no debe considerarse como un problema sino como un síntoma. Suscribo una frase del maestro Iñaki Gabilondo, que nos da la razón a quienes íntimamente pensamos desde hace años que en ocasiones como la que nos ocupa el problema no es lamentarse por el qué, sino preguntarse por qué. 
El caso es que el triunfo del multimillonario norteamericano no supone nada a lo que los Estados Unidos no estén acostumbrados. Desde el final de la II Guerra Mundial, la alternancia republicanos/demócratas  en periodos de ocho años solo se ha roto en la reelección fallida de Carter y con Bush padre recogiendo los frutos del Reaganomics en 1988. Y el sistema de renovación de cámaras permite ejercer un contrapoder a las funciones presidenciales que puede, en un par de años, frenar en parte el ala más salvaje del Partido Republicano.
Nacen dos ejes que, lejos de hacerse contrapoder, pueden tejer una alianza: Washington y Moscú, por mor de las complicadas y parejas personalidades de sus dos líderes. Que, encima, no se han andado por las ramas a la hora de declararse su pública admiración. Ambos son países muy parejos: reservas energéticas, ejércitos poderosos, economías amenazadas por la pujanza china y un mundo por repartir con el Pacífico como terreno de juego. ¿Por qué no ser amigos?, cantaba Dani Martín. 
Con la victoria de Trump, lo que se tambalea es el andamio fundamental de occidente en los últimos años. No es una casualidad que Hillary Clinton fuera vista como parte del establishment -casta en castellano-, y que Trump aprovechase ese agotamiento para ofrecerse como un soplo de aire nuevo ante el tedioso continuismo que ofrecía la ex primera dama.
Y no es casual el momento. El Brexit, el auge de los movimientos nacionalistas en Alemania o Hungría, la sensación de alejamiento entre las clases trabajadoras y una dirigencia comunitaria cada vez más enferma de mediocridad. Y la izquierda comunitaria está en estado terminal.
De todos los países con relativo peso en Bruselas, solo tres tienen gobiernos de izquierda. En Francia y Grecia, la contestación social a las reformas laborales o de pensiones han sido contundentes. En Italia, la crisis financiera amenaza con dejar al país trasalpino sin un solo banco de capital nacional. Lo que deja, en la práctica, a Renzi como plenipotenciario de Berlín más que como primer ministro. 
Y sin embargo, la misma izquierda que contesta en las calles como nunca antes tiene cada vez menos representación parlamentaria. En España, sin ir más lejos, mientras las clases medias han sufrido como nunca antes en la Democracia, Rajoy aumenta sus réditos electorales. Las diferencias salariales se acrecientan con una Troika complacida de hacerse el harakiri a golpe de austeridad. 
¿Por?. Trump hace un discurso antiglobalización, proteccionista, de unidad. El mismo que Le Pen en Francia o Farage en Reino Unido. Si: la extrema derecha y el populismo han secuestrado las consignas de la izquierda, aunque ello vaya a suponer dejarnos por el camino el bienestar social que había sido marchamo europeo. El problema, pues, no es de Estados Unidos. Es de un Viejo Continente incapaz de reaccionar con decencia ante crisis migratorias, ausencia de políticas energéticas propias o falta de oportunidades laborales. Es de una Europa que, en un tiempo, fue una buena idea y ahora camina a ser un gigantesco parque temático.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Ni el fondo ni las formas

Pedro Sánchez es audaz, pero le falta el punto justo de retorcimiento necesario para la política de altura. De ahí que, tras concatenar los peores resultados electorales de la historia del PSOE, tal vez debió optar por la abstención o por una serie de condiciones hechas públicas al día después del último triunfo de los populares. El "no es no" hubiera tenido sentido solo después de un eventual rechazo de Rajoy a requisitos tales como la derogación de la Ley Wert, la subida del salario mínimo interprofesional o una reforma constitucional en la línea del federalismo. Incluso dar libertad de voto en la abstención: la única manera de satisfacer a todas las partes, consolidarse como líder del partido y obligar a retratarse a los díscolos en San Jerónimo
De ahí que parezca lógica su salida, más tras las purgas de Madrid y Galicia contra adversarios internos. Le hemos visto desbordado y errático, con demasiadas prisas por ser presidente del Gobierno ignorando que aún es joven y que tiene margen de maniobra por delante.
Ahora bien: Sánchez fue elegido por la militancia, y solo el o la militancia debe poner el final a su tiempo como secretario general del PSOE. La imagen de 17 miembros de su Ejecutiva dimitiendo horas después de que Felipe González dijera sentirse engañado por su enésimo delfín, la presentación tejeriana de Verónica Pérez y la felicidad indisimulada como nexo en las caras de Susana Díaz o Soraya Sáenz de Santamaría tampoco dejan en muy buen lugar a sus detractores. De estos, solo uno -Eduardo Madina- puede presentarse con cierta legitimidad para relevar a quien le venciera en 2014. La imagen de conspiranoica, de troyano genovés puede erosionar a una presidenta de la Junta que solo optará al cargo si lo tiene garantizado. ¿Qué pasaría si, en una confrontación abierta a las bases, Díaz saliese derrotada ante Sánchez?. La trianera no quiere vencer a otra candidatura, sino entrar en loor de multitudes sin desgaste como De Gaulle en París.
Y al fondo, Felipe González. Un ex presidente del Gobierno, casi octogenario, que anda muy lejos del papel de abuelo sabio y hombre de consenso. Más que a Ramón Rubial, el antaño Isidoro recuerda a Osvaldo Altobello. Lo malo de los auténticos jarrones chinos es que nadie sabe donde colocarlos. Lo bueno es que permanecen en silencio. 

lunes, 29 de agosto de 2016

Doping

Jean Francois Bernard recibió una llamada aquella noche en su habitación. La misión era doble: encontrar un dentista a las tantas de la madrugada capaz de hacer un trabajo para un paciente importante y hacerlo de modo discreto. El francés tiró de contactos y el "VIP" pudo sentarse en la mesa del dentista. Con una excepción: el empaste había que hacerlo al natural puesto que cualquier anestesia daría positivo. El VIP se llama Miguel Induráin.
El ciclismo está en duda desde hace años. Gracias a un tramposo llamado Lance Armstrong y a un puñado de "Mengueles" de carretera que no dudaron en desafiar las leyes más elementales de la ética deportiva, sino también del respeto a la vida ajena. Me parecen demasiadas casualidades algunas muertes de figuras del ciclismo poco después de dejar la competición. Sobredosis, cánceres hepáticos o tendencias suicidas engrosan el palmarés más negro del deporte de las dos ruedas.
Hace algunos años, un ya ex ciclista me respondía con sorna que no existían anabolizantes en su deporte: que para subir el Tourmalet bastaba con una manzana y un botellín de agua. Les hemos machacado con nuestra doble moral, pero no desechamos la posibilidad de sentarnos delante del televisor a ver a hombres a bordo del desmayo subiendo curvas complicadas incluso para la moto o el coche. Nos quejamos de que se "dopan", pero que nadie nos quite nuestra siesta veraniega.
Las organizaciones sobre las que se sustentan las tres grandes vueltas se llevan las manos a la cabeza ante cualquier positivo, pero ninguna renuncia a etapas intrascendentes solo porque el alcalde de cualquier pueblo perdido en mitad de ninguna parte pague una millonada para que se vea a lo lejos un campanario con tres cigüeñas en lo alto. Un ciclista siempre está bajo sospecha, pero nadie se plantea que si queremos un deporte verdaderamente limpio igual habría que plantearse etapas de no más de cien kilómetros o grandes vueltas de un par de semanas. Como mucho.
No, no justifico el doping. Maldigo a trileros que no duda(ro)n en manchar el nombre de su deporte con tal de entrar en los anales de la historia. Pero somos demasiado exigentes y alcanzamos la intransigencia ante cualquier señal de "algo raro". Un futbolista se infiltra y es un héroe. Un ciclista lo hace y es un proscrito, cuya vida puede arruinarse. Literalmente.
Ciclistas que en muchas ocasiones se ven obligados a doparse, porque de ese deporte solo comen cuatro y el resto tienen que repartirse algunas migajas a las que solo se tiene derecho en función de resultados. No, no me parece que el ciclismo esté más bajo sospecha que otros deportes de alto nivel. Cuenta algún estudio que subir el Angliru, Mortirolo o Mont Ventoux puede exigir al ser humano un esfuerzo que tiene en el fatigoso vuelo del colibrí su único equivalente en el reino animal. ¿Con una manzana y un botellín de agua?. Reformemos el ciclismo, hagamos carreras más cortas y lentas, garanticemos una supervivencia mínima de sus profesionales una vez colgada la bicicleta y después hablemos. En la siesta babeante y el comentario de barra de bar poca solución se puede hallar. Lo siento, pero a campeones como Induráin -criticado por algunos en este país por no ser capaz de ganar el sexto Tour seguido-, Fausto Coppi o Claudio Chiapucci los tengo en el más alto de mi Olimpo deportivo. Estas críticas las hacemos mientras nos rompemos las vestiduras por un fútbol no ajeno a nandrolonas, papillas u hormonas de todo tipo. Doping; lo hay. Doble moral e hipocresía: en la misma proporción.

lunes, 22 de agosto de 2016

Cáncer y selfies

Entendí que la vida iba en serio cuando tuve que acudir, por primera vez, al funeral de un compañero de colegio. Un chaval excelente, al que una putada llamada cáncer óseo no le permitió ni siquiera cumplir la edad mínima para ejercer el derecho al voto. Años después, desarrollé una suerte de amistad con su padre por estos azares del periodismo. Me contaba emocionado detalles que bailaban la yenka entre los terrenos de la ternura y de la nostalgia infinita de quien sufrió la mayor derrota que puedo imaginar para ser humano alguno.
No era fácil ser disléxico en los ochenta. Hoy, yo mismo hago chistes sobre ese trastorno que me acompaña desde que nací. "Los respetos merecemos un disléxico", suelo comentar. NO habría llegado a escribir separado más de tres palabras seguidas, ni a leer con fluidez de no ser por una de esas personas especiales que, de vez en cuando, se cruzan en nuestra vida. Un auténtico luchador, alguien que me hizo admirar desde entonces la profesión de psicologo. Alguien cuyo fallecimiento me comunicaron en días pasados tras décadas de una lucha sin cuartel contra el cáncer linfático.
Derramé las lágrimas mas amargas de mi vida por alguna amiga que contaba chistes hasta la última vez que hablé con ella. Todos sabíamos que se moría; ella lo intuía pero presiento que, incluso llegando el final, aprovechó para reírse de mi con las bromas de costumbre sobre el tamaño de mi cabeza. En el fondo, entiendo que los que estábamos engañados éramos el resto. O el recuerdo a un entrañable compañero de profesión con el que compartía desayuno en junio del pasado año para acudir a darle el último adiós días después de mi boda. Fulminante. No me olvido tampoco de alguien tan joven como brillante cuya invitación para tomar café decliné. "La próxima vez que nos veamos", respondí apremiado por el reloj en una de esas mañanas en las que hay que hacer demasiadas cosas en muy poco tiempo. Nunca he lamentado tanto rechazar un puto café, ya que apenas semanas después sentí como un cuchillo la bofetada de su marcha. Y tantos y tantos casos de personas derrotadas en la guerra civil de su cuerpo... 
No olvidaré mi última conversación con Paco Antonio González. "Sólo pienso en las patatas guisadas con rayas que me voy a comer mañana". Pongo su nombre en negrita no por razón de su cargo, sino porque en su condición de personaje público rehuyó cualquier mentira piadosa y llamó a su enfermedad por su nombre: cáncer. Como Carmen Cerdeira, antecesora suya en el cargo que en uno de los discursos más arrebatadores que he presenciado nunca se quitó el sombrero que cubría su cabeza rapada. "Ya está bien de que las mujeres tengamos que estar pendientes de nuestra imagen hasta en la enfermedad".
El cáncer no ha salpicado directamente a ningún miembro de mi familia. Pero si he conocido gente que se evaporó como un terrón de azúcar en un vaso de gaseosa. Otros, afortunadamente, viven para contarlo y a otros les deseo toda la fuerza del mundo. Anoche, mientras veía Armstrong Lie mi mujer me preguntó que había sido del farsante tejano. "Espero que ande mendigando", dije. No me duele tanto su dopaje sino haber quebrado como añicos tantas esperanzas en las plantas de oncología de todo el mundo.
La lista de enfermos de cáncer que visibilizaron la enfermedad es interminable. Por citar solo a dos, mencionaré a las dos voces por cuya posesión estaría en condiciones de pactar un año de mi vida. Luciano Pavarotti o Rocío Jurado. Entre tantos otros.
En los últimos días, en redes sociales se ha desatado una campaña de estas con las que queremos demostrar ser más solidarios que nadie. "Diez selfies para visibilizar el cáncer". Selfies en la playa, en el baño, en la barra del bar. Un desafío en toda regla, como ven. 
¿De verdad hace falta esto?. ¿Alguien piensa que va a ayudar a los enfermos de cáncer, a los científicos que luchan contra ese mal por hacerse una foto?, ¿O, como en el caso de los niños con ojos saltones y estómagos hinchados, queremos ser los más molones de la cyberpandi dando de paso rienda suelta a nuestro yo más morboso?
Que nadie me invite a una cadena de estas, por favor. Salvo que aparezcamos todos con un donativo para la Fundación Josep Carreras o el laboratorio de Atanasio Pandiella. Por mencionar solo dos casos. Dios no nos abrirá las puertas del cielo por escribir amén en Facebook y no acabaremos con el hambre ni con la enfermedad por hacernos una foto. Pongámonos, pues, manos a la obra en función de las posibilidades de cada uno. Eso es luchar contra esta enfermedad. El resto, simplemente, postureo del malo. 

lunes, 15 de agosto de 2016

Yo también soy Figueras

No debe ser fácil -vaya por delante- estar en el centro de las negociaciones ¿? para formar Gobierno. Lo complejo de la aritmética parlamentaria, el tiempo apremiando y la sensación de vuelco generacional no debe ayudar. Tampoco la consigna repetida y el continuo canto al sol en el que se convierte cada campaña electoral. Y el vértigo, humano también para los políticos. Dijo alguien que el problema del hombre de Estado era como el del cirujano: el mínimo error debe ser letal.
Partiendo de esa base, la cercanía de unas terceras elecciones parece cada vez más clara. Nadie dice quererlas, pero nadie hace nada por evitarlas. Rajoy aumenta en votos y escaños con respecto a diciembre, sí. Pero pierde casi 50 sillones en comparación con 2011, y me preocupa que su única oferta sea "abstente, por el bien de España". No ha hecho una sola propuesta más allá de vaguedades,  no ha concretado ninguna oferta, no ha dado ningún paso. Incluso, vale esto, para el único listado de condiciones que se le ha presentado, el de Ciudadanos.
Rivera es, objetivamente, el único en estos ocho meses que ha movido ficha para constituir un Gobierno. Es cierto. Ahora, ya puestos a exigir propuestas, he echado en falta guiños para blindar la Educación, la Sanidad, reformar la Constitución -hace falta: sí-, decidir que se hace con el Senado y las Diputaciones o plantear medidas económicas para que España sea un país menos dependiente del crédito y del ladrillo. Rivera parece autoatribuirse un excesivo "Suarizmo", pero me recuerda más al enrevesado Andreotti. "El poder desgasta. Sobre todo a quien no lo tiene", dijo Il Divo.
Pedro Sánchez sigue sin digerir ser el único candidato a la Presidencia de España que jamás superó una sesión de investidura. Su actitud -no, porque no- recuerda más a la del niño que pincha la pelota porque le toca jugar de portero que a la de un hombre de Estado. Cuando no ha caído en la cuenta de que el PSOE tiene aún fuerza suficiente como para condicionar los próximos PGE, arbitrar cualquier reforma de la Carta Magna, o proponer una Ley educativa a 30 años. 
Mientras, Podemos ha perdido esa hiperactividad que les caracterizó en el primer semestre del año. Siguen proponiendo una sopa de siglas tan difícil de aunar como imposible de cohesionar, y esgrimiendo el mesiánico "conmigo, o contra mí". Únanle a eso que los nacionalistas no están dispuestos a bajar del monte, viviendo en su eterna incongruencia: no reconozco la legitimidad del Constitucional, pero acudo a él en cuanto me dejan sin grupo parlamentario. Lo disfrazo de ataque al sentimiento de mi pueblo, pero la razón es más prosaica: tres millones de euros. Da para la gratitud de unos cuantos estómagos, si. 
Esto último no es sólo achacable a los nacionalistas. Hay gente que de profesión es política, en cualquier Ayuntamiento, Mancomunidad o Diputación. Gente que no encontraría trabajo fuera del sistema, pero que no lo busca porque se vive ciertamente bien asesorando sobre deportes, medio ambiente, política internacional o fiestas populares. Sin un solo día cotizado en la Seguridad Social. 
España es un país sin un mínimo discurso nacional, mas allá de las consignas propias. Un país en el que no existe o no se visibiliza una élite intelectual e independiente capaz de ejercer de conciencia colectiva. Un país en el que el enchufismo sigue siendo una aceptable tentación. Hace años, alguien se me quejaba de que había demasiados "in pectore" en determinada oposición. "No aprobaré nunca: tienen un enchufe mayor que el mío", me dijo. Cuando le recordé que no se quejaba del enchufismo, sino de la poca potencia del suyo, pasó de abrazarme cada vez que me veía a saludarme fríamente.
No, no debe ser cosa de ahora. Sigo pensando que este país es mejor de lo que creemos y hay cien mil argumentos para sentirse orgulloso de él. Pero viendo como están las cosas en San Jerónimo, caigo en la cuenta de lo visionario que fue Estanislao Figueras. Que dimitió al grito de "Estoy hasta los cojones de todos nosotros". 

domingo, 14 de agosto de 2016

Entre las sombras

Lo más descacharrante del secuestro y asesinato de Aldo Moro ocurre fuera de Roma. Una sesión de esoterismo, en la que figura como cabecilla principal quien luego acabaría presidiendo el Gobierno de Italia y la Comisión Europea, Romano Prodi. De aquella sesión -sin reflejo en títulos como Buenos días, Noche o  Aldo Moro del sólido Michele Plácido- se sabe que los reunidos salieron con el nombre de Gradoli como lugar en el que la tortuosa cuenta atrás del ex premier tenía lugar. Gradoli, un pueblecito anónimo de la costa italiana, fue tomado por la policía, que no dejó casa por registrar ni alfombra por levantar en la  infructuosa búsqueda del celebérrimo reo. Solo su viuda cayó en la cuenta de que podía ser también el nombre una calle romana. Algo descartado en principio por los investigadores. Curiosamente, ese es el nombre de una vía que, para más INRI, se encuentra situada no muy lejos de la tumba de Nerón.
Prodi aún vive y, que se sepa, está en buen estado de salud. Viendo que no tiene mucha perspectiva política por delante, no estaría de más que cerrara parte del círculo conspiratorio y aclarase si aquel nombre provenía del Más Allá o la farsa era la sesión de espiritismo con la excusa de proteger a algún confidente.
El caso es que el recurso al otro lado, sobre el que nuestra única literatura procede de dogmas de fe, ha sido habitual en los asuntos de Estado. Churchill viajaba con un gato negro en la convicción de que el animal repelería la mala suerte. Durante sus ocho años de Presidencia, el matrimonio Reagan contó con un astrólogo de cabecera. El deshielo con la URSS, el escándalo IranContra o la kafkiana invasión de Granada decidiéndose en los posos del café. Por no hablar del caso más célebre de todos: el de Rasputín, acaso un cantamañanas venido arriba que supo aprovecharse de la debilidad de los zares para ser el personaje más importante de la última  Rusia imperial. 
Por tanto, si los hombres de Estado recurren a tan tribales prácticas, no se le puede pedir menos a la población. Hoy, un artículo de Juan Rada en "El español" recuerda un trauma común de mi generación: el niño pintor de Málaga. Alguien que, simplemente, se esfumó. La desaparición de un chaval reservado, aplicado en los estudios y con unas precoces dotes pictóricas dió lugar a todo un rosario de fábulas y leyendas urbanas. Por no hablar del clásico desfile de mediums consultadas por la policía.
Rubén Blades sostiene que los desaparecidos buscan el agua en los matorrales y vuelven cada vez que alguien los recuerda. Tal vez tengamos que agarrarnos como clavo ardiendo a esa canción o al espíritu de Melquiades en el hogar de los Buendía para convencernos de que hay algo que aún se nos escapa. En el plano divino. En lo humano, la verdad puede ser todavía más dolorosa que la triple y eterna pregunta, que se pretende resolver en estos casos: ¿dónde, quien y, sobre todo, por qué?

domingo, 17 de julio de 2016

Roma: bendito caos

A los alemanes les pasa en el Mediterráneo lo que a los sevillanos en Andalucía: se les aguanta por ser la capital. De ahí que nadie puede extrañarse que, días después de la eliminación española a cargo de Italia en la Eurocopa, españoles e italianos compartamos bandera y desgracia desde el punto fatídico.  Coger un taxi un cuarto de hora antes de un encuentro de la Azzurra y preguntarse como es posible que ningún italiano gane el mundial de F1 desde 1960 forma parte del mismo ejercicio. "Romántico ¿eh?", pregunta nuestro Farina mientras esquiva a ciento y pico -con una mano en el volante y la otra en el móvil- y en línea recta la tercera rotonda del trayecto. Un trayecto que desemboca a la hora del atardecer en el Giannicolo: una hermosa colina en la que conviven la Embajada de España, una iglesia inaugurada por Alfonso XII y el altar a Garibaldi coronando el Trastevere. Un lugar desde el que es posible entender, viendo la vista general, a que se refería Paolo Sorrentino con La Gran Belleza. Una belleza decadente, en  cuya visión se anuncian inmensas cúpulas en contraste con los pisos donde se rodó la dura y casi vigente Ladrón de Bicicletas. 



Lo mejor de Roma, como de cualquier ciudad, es fijarte en los detalles que no vienen en la guía turística. Así, llama la atención el pomposo homenaje de Montevideo "a la cuna de la latinidad" justo en la entrada de la legación española. Mientras, decenas de turistas se agolpan para hacer fotos a los sibaritas habitantes de la colonia gatuna ubicada en los restos arqueológicos junto a  Torre Argentina. Me encuentro un grupo de veinteañeros,  tal vez ignorantes de que en el Largo Arenula donde se retratan a los felinos tuvieron lugar los dos magnicidios más recordados de la historia de Italia. Al final de la calle, algún cachondo decidió completar el círculo rotulando una pequeña plaza con el nombre de Enrico Berlinguer. A no mucha distancia reposa el fundador de uno de los partidos más influyentes de la historia: la Iglesia del Gezú es un continuo peregrinar de miembros de la Compañía de Jesús para venerar los restos de Ignacio de Loyola. Sentarte ahí a tomar un café -si lo pides con hielo, te miran cual sacrílego- es sentir el beso de la historia. 

Los semáforos son como Trajano: se sabe que alguna vez estuvieron en Roma. Cruzar la calle es una auténtica odisea, ya que a duras penas se respetan los escasos pasos de cebra existentes. Apuesto a que el transporte público será lo peor valorado por el COI de cara a los JJ.OO del 2024. El romano, amable y servicial, ve  habitual que tranvía y taxi compartan vía separados por apenas unos pasos. En una ciudad en la que encuentras una necrópolis a la que corres un tabique, solo hay dos líneas de metro. La tercera lleva quince años en construcción: me cuentan que han aparecido no se cuantos enterramientos y cuarteles de la época imperial. Al margen de las mordidas: mi interlocutora me habla de España como un país serio (sic) en asuntos de corrupción. El tranvía cumple con eficiencia además del autobús en el que entrar sin pagar se convierte en algo tan cotidiano como la alergia en primavera. En cuanto a la comida, no le den más vueltas. Carne asada, pizza y pasta (exquisitas) o, directamente, bocadillos de hamburguesa. La mejor sorpresa gastronómica la encuentro en el Bistrot Shabby, justo al principio del Trastevere. Su simpática propietaria, de piel negra con experiencia en Ibiza o Londres, afirma con retranca ser más romana que la Fontana de Trevi. 
Porque Roma, hablando de la celebre fuente es, ante todo, un canto a Stendhal. No es de extrañar que Miguel Ángel tirara el cincel y preguntara a su Moisés cuando pensaba hablar al terminar su obra. Tampoco que el Vaticano sea uno de los lugares más visitados del mundo: creyentes o no, todos abrazan a Rafael, o Miguel Angel como a cualquier relicario. Merece la pena ignorar los treinta y tantos grados para pasear por el Foro o el Coliseo. En Villa Borguese entiendes que la perfección existe viendo los matices de cualquier escultura de Bernini. Hasta el mastodóntico altar de la patria construido por Mussolini tiene cierto encanto. Y es que todo el centro desemboca en esa obra cumbre de la egolatría fascista: quiso hacerla más alta que cualquier iglesia de alrededor y que el vecino Coliseo para mayor gloria suya. Por cierto, que el personaje de marras no dudó en destruir la vía de acceso al Foro para construir una carretera en la que pasara el, imitando la entrada de César en la ciudad. Dos mil años de historia claudicando ante un dictador. Piazza Navona y Panteón de Agripa son lugares llenos de vida, de alegría, cuasi oníricos. 
                                             
Roma. Un caos, bendito caos, en el que uno se sumerge encantado. Y convencido, una vez más, de que la historia de Europa tiene sabor latino. 

miércoles, 29 de junio de 2016

La hora del relevo

Dudaba entre escribir algo sobre el fiasco de la selección española. El periodo vacacional en el que me hallo, con la preceptiva y recomendable desconexión, me invitaba a ello. Y por otra parte, pretendía -pretendo- huir del ventajismo de hablar a toro pasado. Pero, aunque no sea original, Italia cerró el ciclo que comenzaba precisamente hace casi una década contra la Azzurra. No es  perder: no puede considerarse un fracaso que te eche un equipo que luce cuatro estrellas en el pecho. Es la sensación de impotencia, de rendición, de agotamiento físico y mental de los jugadores.
De entrada, habrá que plantearse algunas cuestiones relativas al calendario. En el cuatrienio mágico, ningún equipo español alcanzó la final de la Champions. En los dos últimos fiascos, hemos copado el palmarés europeo a nivel de clubes. ¿Es incompatible una cosa con la otra?. No, pero quizá debiéramos plantearnos empezar la liga en la primera semana de agosto o acabar con el parón navideño. Al menos, en los años de gran competición de selecciones.
De otro lado, se echa de menos a la piedra sobre la que se sostenía el edificio. Carles Puyol. Garra y, sobre todo, mando. Si el "tiki taka" funcionó fue porque auténticos genios como Silva -pagado de si mismo hasta decir basta en esta Euro-, Iniesta, Xavi o Cesc  solo tenían que coger la pelota y moverla. Para barrer, achicar espacios y sudar la camiseta ya estaban el eterno capitán blaugrana o Xabi Alonso. Nadie es eterno, por supuesto, pero por ello no se entiende que jugadores como Koke acaben inéditos el torneo. Y soy muy consciente de que no estaría escribiendo esto si no hubiésemos perdido contra Italia.
Vicente Del Bosque debe irse. Por respeto, principalmente, a si mismo. El Marqués ha dado ya todo lo mejor de si; para siempre quedarán Sudáfrica y Polonia y Ucrania. Acabar siendo un técnico abucheado sería un triste e inmerecido epílogo para una trayectoria jalonada de éxitos y bonhomía. Al margen de una proverbial suerte que, desde hace cuatro años, parece haberle abandonado.
Es quizá la hora de Joaquín Caparrós: hombre que sabe trabajar con los jóvenes y lleva por bandera jugar al "otro fútbol" de contención y espacios pequeños. Tal vez sea el turno de Roberto Martínez: un español casi desconocido en su país, pero que lleva años haciendo cosas interesantes en una Premier que puede aportar el 50% de los jugadores nacionales. O si se busca algo de toque hasta saturar al rival, igual podríamos optar por un español nacido en Argentina llamado Jorge Valdano.  Camacho, Míchel o Jémez son opciones muy respetables, tal vez como las de Luis García Plaza o Manolo Jiménez.  Pero entre que las segundas partes rara vez resultan, y que una cosa es tener el favor de la prensa y otra llevarlo a práctica, me quedo con las tres primeras opciones.
Pese a todo, y por todo, gracias, Selección. Gracias por todo lo disfrutado.

domingo, 26 de junio de 2016

El corredor de fondo

Archiconocida es la crónica que un periódico estadounidense hizo de Lola Flores: "No sabe cantar, no sabe bailar, pero no se la pierda". De Mariano Rajoy puede decirse otro tanto. No comunica, no transmite, pero no tiene rival. La aplicación escrupulosa del método Homer Simpson (si tienes un problema, acuéstate a ver si por la mañana se ha resuelto) se traduce en interesantes réditos electorales para el presidente. Hay que reconocerle, al menos, dos virtudes. Una: la capacidad para poner nervioso a todos sus rivales hasta que estos se inmolan. Sean independentistas catalanes o jóvenes y emergentes líderes. Dos: la paciencia del corredor de fondo.
Ha cosechado los dos peores registros desde la fundación del PP. Sin embargo, su camino está despejado: el PSOE sigue de derrota en derrota hasta la victoria final. Podemos e Izquierda Unida suman, exactamente, los mismos escaños que en diciembre. Y Ciudadanos -tal vez su gran preocupación- se desgasta entre el voto útil y las consecuencias del pacto con el PSOE. Ello nos deja a un Pedro Sánchez sin futuro ni relevo -hasta en el granero andaluz pierden los socialistas- y a una formación morada que ha alcanzado su techo de votos quizá tan rápido como irrumpió en la vida política española. Ahora vendrán las tensiones internas en los otros tres grandes partidos, con excesivas prisas que les han llevado a cometer grandes errores de cálculo. Tengo la impresión de que, como en el tópico rockero, alguien acabará viviendo demasiado deprisa y dejando un hermoso cadáver político encima de la mesa. Mientras, un señor de provincias con el Marca como primera lectura sigue impertérrito. Así está el patio.

miércoles, 15 de junio de 2016

Iniesta no será Balón de Oro

Todo cambió aquella noche de hace diez años. España claudicaba ante una Francia envejecida, pero jerárquica. Sin embargo, de ese Mundial de Alemania, la selección salía con un estilo de juego definido: la pelota por principio, como único recurso y hasta el final. A ese grupo de bajitos virtuosos solo les faltaba creer y un par de golpes de suerte para mandar al cajón de las pesadillas el codazo de Tassotti, la cara vuelta de Míchel o la cantada de Zubizarreta contra Nigeria o el robo de Corea
A aquel Mundial llegaba Xavi Hernández entre algodones. Le llegó el momento de asumir plenos galones a Andrés Iniesta; un chico de pueblo que sacrificó su infancia plácida y anónima en La Mancha para ser jugador del F.C. Barcelona. Poco a poco, aquel jugador pálido y sin carisma empezó a crecer. Fue Stamford Bridge. Fue Johannesburgo. Fue la Eurocopa de 2012. Y tantas lecciones de fútbol.
Del primer pase de la fase de grupos, solo destacan algunos nombres propios. A su pesar, el portero albanés Berisha. El golazo de Payet. La envidiable madurez de Bastian Schweinsteiger. Y el. Andrés Iniesta. El hombre que nunca será Balón de Oro.
Pases medidos hasta el decisivo gol, Tres o cuatro defensas junto a el: si se zafa, es que ha hecho otra genialidad, si no lo hace consigue que España ataque siempre en superioridad. Por no hablar de que asume la responsabilidad de disparar justo cuando el resto recuerda ser alérgico a la pólvora.
Iniesta no será Balón de Oro. No vende camisetas, no tiene página web y le cuesta horrores hacer anuncios. Si España gana la Euro 16, pesará más el doblete de Messi -como si Andrés jugara en el PSV- o el penalti decisivo en la tanda de Milán de Cristiano Ronaldo.  Uno más de la lista que forman Raúl, Xavi, Busquets, Casillas, Steven Gerrard, Paolo Maldini, Oliver Kahn, Andrea Pirlo o Roberto Carlos. La de jugadores marginados por un premio que cada vez es menos de fútbol y más de multinacionales y vedettes. Lo de ser el jugador europeo más decisivo desde Zidane, si eso, para otro día

domingo, 22 de mayo de 2016

Ni del sud, ni del nord

Si Josep Lluís Núñez fuera presidente del Barça, este bético hoy cantaría los goles culés. No tengo ninguna admiración especial por el personaje -antes al contrario-, pero al menos supo mantener al club en la asepsia política. En los valores de transversalidad y universalismo -si del sur o del norte-, de hermandad que consagra el himno.
El F.C. Barcelona ha vivido en los últimos años los mejores momentos de su trayectoria deportiva. Inconmensurable, imperial en lo futbolístico. Indiscutible. Pero ello ha coincidido con unos directivos que han convertido al club culé en una enorme plataforma política, en un cómplice más o menos ambiguo de determinadas tendencias partidistas. No voy a entrar a juzgar esas tendencias: cada cual es mayorcito y con tanto hablar del problema, solo parece que la torpeza del Gobierno pueda ser mayor que la pitada al himno.
Pero el Barça no puede quejarse si cada vez se le identifica más con un ideario que es común a una parte -no al todo- de su masa social. Alguien que hubiera querido mantener al club al margen de cuestiones políticas no hubiera permitido que el Camp Nou acogiese actos deliberadamente independentistas. O ver a los cuatro precandidatos a la presidencia del Barça apoyando el plan de Junts per Si. Una jugada que, esta vez si, une a casi todo el mundo: desde el PP hasta las CUP pasando por el culé de Jerez, Segovia o Melilla. Todos, indirectamente, menospreciados por su propia directiva.
Se que la política es el mal que corroe los palcos. Como en los circos romanos, alianzas y traiciones están a la orden del día en la zona noble de los estadios. En un fútbol en el que mandan más los fondos de inversión que las tácticas de los entrenadores, no quiero obviar tampoco que casualmente las empresas del jeque del Bernabéu construyen allá donde juega o ficha algún crack local. 
Pero si la directiva del Barça se empeña en traicionar sus propios valores, no es mi problema. Partiendo de la base de que un nacionalismo no se combate con otro, durante un par de horas aquí estoy contigo, Sevilla. Como el bolero, solamente una vez.

domingo, 10 de abril de 2016

Volver a Seúl

Por primera vez en cuarenta años, el balonmano masculino español se queda fuera de unos Juegos Olímpicos. De un modo cruel y adosado a esas pesadillas deportivas que parecían desterradas. Por un gol, un penalti, un detalle.... El caso es que los "Hispanos" que hace sólo tres años ganaban el Mundial en Barcelona verán por la televisión la cita en Río 16.
Al cuadro de Manolo Cadenas no hay que afearle nada; simplemente hay que darle las gracias por todo. Nos han hecho vibrar, disfrutar, y nos han malacostumbrado al punto de que damos siempre por hecho que tienen que estar, y además entre los mejores. Hace un par de años me contaban que en la liga ASOBAL hay salarios de 400 euros al mes. El Atlético de Madrid tuvo que cerrar su sección por falta de dinero y el campeonato doméstico se ha convertido en un entrenamiento semanal del F.C. Barcelona. ¿Qué reprochar, pues?.  Ha ocurrido con el balonmano, pero también con la sincro y, si no es por el estado de forma de Guillermo Molina, "Chalo" Echenique y López Pinedo entre otros, hubiera sucedido otro tanto con el waterpolo, que no es ajeno a los impagos. 
La "edad de oro" del deporte español ha caducado. Fueron años en los que sólo nos faltó el Rugby como paraíso que asaltar. Todo comenzó en Barcelona 92; un país que organizase unos Juegos no podía permitirse firmar el ridículo habitual anterior a la fecha. Medallas más por generación espontánea que por preparación y planificación; gente que competía por caudales familiares o generosos mecenas.
Siempre he defendido que de los triunfos deportivos se puede hacer lectura de la situación de un país. Es uno de esos extraños medidores socioeconómicos, como los índices Big Mac o Kalashnikov que no se estudian en Facultades, pero son infalibles. Del mismo modo que cuanto más caros resulten el menú de comida barata o el fusil más famoso del mundo más elevado será el nivel de vida del país donde nos encontremos, cuanto más amplio sea el abanico de triunfo de tus deportistas más competitiva será tu economía.
España lo ganó todo a mediados de la pasada década. Como la crema para mosquitos, era habitual  de julio contar los triunfos en el Tour de Francia; campeonatos de Europa y Mundiales por doquier. Y durante unos meses, dato contrastable, fuimos el único país de la historia en ser campeones continentales y mundiales tanto en fútbol como en baloncesto.
Aquellos años eran los de máximo repunte, también, en la economía. Los años en los que asumimos que "el ladrillo nunca baja". La época en que si te ganabas la vida repartiendo pizza -decente oficio- igual podías costearte un piso con vistas al mar y treinta metros cuadrados de terraza. En la que no salir a veranear fuera de España era síntoma de cutrez y quedarte en tu localidad rozar la indigencia. En la que no había crisis, sino desaceleración del crecimiento y el hambre era exclusiva de los negritos de África.
El ladrillo y la economía se desplomaron. Y cuando los Gasol, Iniesta, Contador, Nadal y compañía se nos antojan humanos e irrepetibles, el deporte español aparece en una situación como la de Seúl 88. Encomendándose a una conjugación de astros para salvar decentemente un medallero. Cómo la sociedad, con lo puesto. Quien tiene patrocinadores, compite. Y quien no, bastante tiene con acudir. Aschwin Wildeboer preparó los JJ.OO de Pekín en una piscina en Sabadell, con una calle para el solo mientras al lado nadaban las señoras de los cursos municipales de iniciación. Dedicó su beca ADO -a la que sólo tenía derecho si alcanzaba el diploma olímpico- a irse a Australia para poder entrenar con un mínimo de profesionalidad.  Michael Phelps se convirtió en el mejor deportista de la historia, entre otras cosas, gracias a disponer de un complejo deportivo reservado para él.
España, pues, vuelve a ser como en Seúl 88. Y si esto ocurre con el deporte, y lo bien que vende la foto con el campeón de moda, no quiero ni pensar que ocurre con la ciencia. Hablar de ello en privado con algunas de las mejores cabezas de este país, les prometo, es echarte a llorar. 

#GraciasHispanos.

sábado, 2 de abril de 2016

Helenio ganó a Johan

Ocurre que, cuando el calendario avanza la gesta, el equipo que la espera acaba mordiendo el polvo. Le ha pasado a Brasil en los dos mundiales que organizó, al Madrid en el Centenariazo o a la Benfica cada vez que ha querido que Bela Guttman yazca en el más profundo de los olvidos. Y hoy al Barça: un equipo que soñaba con una noche mágica de fútbol para homenajear al principal cerebro de su era dorada.
Antes de El Flaco y a la par que el  técnico capaz de macular la hegemonía blanca en el Viejo Continente, el fútbol conoció a su primer entrenador mediático. Se llamaba Helenio Herrera. Al margen de un buen puñado de frases imprescindibles en cualquier anecdotario futbolístico, fue el inventor de un sistema tan poco simpático como eficaz: intensificar en defensa, presionar y aprovechar las ocasiones al contragolpe.
En el homenaje a Johan Cruyff, se impuso Helenio. El Barça calcó alguno de los males de su eterno rival: confiarse al detalle de genialidad de alguna de sus estrellas. Es fácil, ciertamente, cuando alineas a Iniesta y Messi; cuando el centro del campo lo domina Sergio Busquets, la auténtica clave de bóveda de esta máquina perfecta. Pero ocurre que el Barça, precisamente hoy, no se encontró a si mismo. Cómo Nick Carraway en El Gran Gastby, se centró en la lejana luz verde, pero sin percatarse de la niebla alrededor.
Zinedine Zidane, por contra, tuvo su mejor noche desde que se sienta en el banquillo blanco. El francés dirige a un equipo que es la antítesis de su era como futbolista, pero tremendamente eficaz cuando el partido consistió en bailar al filo de la navaja. El triunfo de hoy se presenta como un salvavidas por si las cosas le van mal en el Viejo Continente de cara a una hipotética renovación. Apareció el mejor Pepe -seguro para los suyos, desconcertante para el rival-, Bale supo ser el incordio que debe suponer para cualquier defensa y hasta el ególatra Cristiano Ronaldo se mostró generoso y esforzado. El partido de Marcelo y Carvajal siembra más dudas sobre el fichaje de Danilo y Keylor Navas  se reivindicó como un dignísimo heredero del mejor Casillas.
La expulsión de Sergio Ramos llegó tarde, pero espoleó al Madrid. En el capítulo arbitral, empate: el de Camas debió irse antes a la ducha, pero el gol de Bale fue anulado injustamente.  No hay liga; el Barça es lo suficientemente maduro como para salir de esto reforzado. Pero el Madrid confía, desde hoy, en su peculiar cita con la épica: Europa, que en los últimos años conquista justo cuando peor le van las cosas en el ámbito doméstico. 
Con diez se juega mejor, dijo el padre del Catenaccio. Esa verdad, la del fútbol físico, de lucha en el barro y ratoneo, se impuso en el homenaje a la mayor leyenda del barcelonismo. La épica que, una vez más, se atraganta al mezclarse con el almanaque.